De Antitaurinos a Liberticidas

El Parlamento catalán ha prohibido hace dos días las corridas de toros en Cataluña. Lo ha hecho por un total de 68 votos a favor, 55 en contra, y 9 abstenciones. En lo que se advierte como una fechoría más de la casta política nacionalista, que disfruta interpretando sesgadamente la voluntad de una ciudadanía, a la que desconoce, en cuanto desprecia y vapulea por sumisa y obediente. No ha llegado la hora de los antitaurinos, sino la de los liberticidas sin escrúpulos.

Porque existe la posibilidad de que a uno no le gusten las corridas de toros, sin que por ello se sienta impelido a arremeter contra el derecho del otro a acudir a los tendidos para disfrutar de una tarde de toros. Respeto ante todo. Si la Tauromaquia ha de morir, que sea de muerte natural y con la cabeza bien alta. Cuando los tendidos se encuentren desiertos, a nadie emocione el toreo valiente y desinhibido de José Tomás, ni el donaire con el que El Fandi coloca un par de banderillas... entonces, sólo entonces, y en el momento en el que el sector taurino se haya desplomado económicamente, tornándose en algo insostenible, podremos dar por liquidada una tradición sobre la que se asienta buena parte de la historia de España.

La prohibición de las corridas de toros en Cataluña tiene mucho también de antiespañolismo. Aunque alguien pueda sentirse español sin necesidad de mostrarse partidario de la Tauromaquia. Pero el caso es que con dicha medida liberticida se ha pretendido —como en tantas otras ocasiones— cercenar el vínculo simbólico existente entre Cataluña y el resto de España. De otra manera no se comprende que no se haya llevado acabo también la prohibición de los tradicionales (sobre todo, en Tarragona) correbous. Ya lo advirtió hace tiempo Jordi Puyol cuando, siendo presidente de la Generalidad catalana, manifestó, muy ufano él, que lo de estudiar a los Reyes Católicos en las escuelas pertenecientes a su feudo se había acabado. Y vaya que si se acabó.

No menos náuseas me provocan aquellos que sintiéndose españoles y en nombre de una mal entendida modernidad, existente tan sólo en sus preclaras mentes, abominan de la Fiesta por temor a que España sea identificada con el flamenco y los toros.

Si tanto asquito les produce dicha asociación de ideas, sólo tienen que asumir inmediatamente la nacionalidad francesa (es una posibilidad). Y así podrán reclamar con feroz orgullo patrio la guillotina, la francmasonería, el millón de muertos que sembraron en suelo español entre 1808 y 1814, la profanación de la tumba del Cid y otros tantos destrozos que los franceses causaron en el resto del continente europeo durante las llamadas guerras napoleónicas, sin descartar el respaldo proporcionado a la ETA en tiempos del presidente Giscard d’Estaing.

Pero la historia no se puede cambiar, por mucho que algunos se empeñen en lo contrario. Y desde luego, resulta innegable el peso específico que en ésta tienen nombres como los de Manolete, Luis Miguel Dominguín, Paquirri, o José Tomás. Pese a quien pese.

Francisco Javier Torá Jiménez