Nostalgias Taurinas
Ahora, con los 150 años a las espaldas de un coso taurino sentenciado a muerte tiempo ha pero que no acaban de demolerlo aunque tenga en su subsuelo un anfiteatro romano y en la zona una flamante Universidad Politécnica, a uno le vienen en tropel a la memoria entrañables recuerdos de una Cartagena taurina de primer orden –su plaza era la quinta en antigüedad de España- y tiene que refugiarse en ellos para consolarse.
Porque el coso de la plaza del Hospital, que también fue testigo de los cuarteles de Artillería –en el respaldo del viejo Hospital militar, hoy remozado en hermosa Universidad- y del de infantería –en el llamado edificio de Antiguones, hoy habilitándose también para el nuevo centro docente- fue siempre punto clave de una fervorosa afición al arte de Cuchares desde aquel 5 de Agosto de 1854, en que participando mano a mano Curro "Cuchares" y su hermano Manuel Arjona lidiaron toros de la ganadería de Don Justo Hernández, antes Torre-Rauri y Freire. Era el espaldarazo de nuestra plaza de toros, con sus permanentes 8.008 espectadores –singular número- que muchas veces se convertían en más de 10.000 cuando había que abrir el terrado. Y eso ocurría muchas veces. Y es que la afición taurina en Cartagena tiene raíces antiguas. Se puede hablar de corridas en la plaza Mayor o del Ayuntamiento; en la plaza del Rey, en 1745 a beneficio del Hospital de Caridad; en la efímera plaza de los terrenos que ocuparía la fabrica del gas (hoy Avenida Trovero Marín), en 1794; y en la actual plaza de Risueño cuando era conocida como la plaza de los Caballos, a mediados del siglo XVIII, organizada por el gremio de Carpinteros, según recogía el cronista oficial de nuestra ciudad Federico Casal.
No vamos a recoger ahora la rica historia de una plaza por la que han pasado los mejores toreros de todas las épocas; que fue escenario, con el "Papa Negro" Bienvenida a la cabeza, de una corrida a beneficio del "Sirio" hundido a la altura de Cabo de Palos; plaza en la que toreo el mismísimo Machaquito que luego se casaría con una cartagenera; donde hallaron la muerte entregados profesionales; y en donde el primer matador de toros que dio tierra, Enrique Cano "Gavira" que hallo trágica muerte en Madrid, forjado en la Casa de Misericordia, siempre, antes de salir a hacer el paseíllo, miraba hacia el tendido para comprobar si los niños de la popular institución benéfica se encontraban en su sitio pues de lo contrario no pisaba la arena hasta que estuviesen. O ese ambiente impresionante de una calle del Ángel en cuesta hacia la plaza convertida en un hormiguero de aficionados, con sus bocadillos, sus botas de vino, sus empanadas o pasteles, comprados casi seguro, en Bonmatí o Cañizares, en la calle del Duque.
Eran tiempos en los que se celebraba tradicionalmente la corrida del Sábado de Gloria, o la que organizaba Marina, en el día de la Virgen del Carmen, y aquellas otras de la feria de agosto. Y muchas más durante el año, con llenos en una plaza que gozaba de justa fama nacional, antes y después de nuestra guerra civil. Tiempos hermosos en los que uno, acompañado de su padre, vibraba desde su infancia, en los tendidos, junto a una fervorosa afición.
Son personas a recordar Romualdo Pastor López "Ropalo", una institución como crítico taurino. Las peripecias de los "sobres", que los "ayudas" de los diestros hacían llegar a las manos de los que se encargaban de la crónicas, ceremonia que tenia como marco el desaparecido "Mastia", una de las corruptelas del mundillo taurino. Y eso hombres metidos a empresarios, como Juan Pérez López, Dionisio Martínez o Alberto Molina. Y ¡que decir de aquellos mano a mano de Luis Redondo y Paquito Esplá con unos novillos terroríficos de Tulio e Isaías Vázquez, que sembraban el pavor en el ruedo hasta había veces que levantaban de cuajo barreras! fue una época gloriosa en la que el aficionado estaba bien encelado y deseaba que llegase el domingo para asistir a la corridas. O aquellas otras en las que participaban los hermanos Girón, que gozaban de tantas simpatías en Cartagena.
Un bello capítulo aparte merecen los festivales del Hogar de la Infancia. La Casa de Expósitos, situada entre la plaza de la Merced y la calle Saura, necesitaba un local adecuado. Y para su consecución unieron sus fuerzas e ilusiones ese hombre de pelo blanco, sombrero y enorme simpatía, el doctor Eduardo Bonet Molina, y la también inolvidable y abnegada mujer, de admirable corazón para entregarlo en beneficio del prójimo, llamada Maruja Dorda. Ellos, juntamente, con el apoyo del torero Juan García "Mondeño", montaron esos magníficos festivales taurinos que comenzaron un 12 de octubre de 1960 y que duraron nueve años consecutivos. Y por la plaza de toros cartagenera pasaron rejoneadores como Álvaro Domecq, o la figuras consagradas de Antonio Ordóñez, Manolo Vázquez, el propio "Mondeño" y Rafael de Paula, el jornada inaugural. En años sucesivos pisarían nuestro albero Aparicio, Litri, Juan y Antonio Bienvenida, Paco Camino, Diego Puerta, Curro Romero, Rafael Jiménez Márquez, Joselito Huertas, Andrés Vázquez, Jaime Ostos, Vicente Blau "El Tino", Joaquín Bernardó, Ángel Teruel… ¡Casi nada! Ahora podemos presumir de un hermoso Hogar de la Infancia, en el Ensanche, en una calle que tiene el justísimo y castizo nombre de Avenida de los Toreros.
Después vendrían las penas y fatigas. La disposición de un gobernador civil, cartagenero por más señas, Eduardo Ferrera Ketterer, ordenando el cierre de la plaza. La esperanza de que pudiéramos recuperarla al darle el nombre de Ortega Cano, que se hallaba en plena cúspide de sus triunfos en los ruedos nacionales y extranjeros. Pero, nada. Ortega Cano no aporto nada positivo. Solamente recordamos que se abriera el recinto ferial del Gallo, organizado por sampedristas el 7 de Marzo de 1982, y la corrida de toros montada por Ortega Cano el 30 de marzo de 1986, a beneficio de la restauración de la iglesia Santa María de Gracia.
Esas nostalgias taurinas son el soporte de una esperanza que nunca se pierde. De momento, la afición –que no puede expansionarse- se tiene que conformar con la plaza portátil "para matar el gusanillo". Pero esa afición sueña, como soñamos también nosotros, con que esa plaza de toros preconizada para construir en la prolongación de una nueva Cartagena por la calle de Ángel Bruna, sea una realidad, abra sus puertas y proporcione a la ciudad y comarca esa vida ligada a la llamada fiesta nacional que tanta falta le hace. Porque, y esto es una realidad evidente, rara es la ciudad o hasta el pueblo que no tiene su plaza de toros. Y es que la ausencia de ella parece ser una manifestación de carencia e una personalidad complementaria de la localidad que la soporta.
José Monerri Murcia
Cronista oficial de Cartagena













