Conversación en el Camposanto
Avanzaba por el pasillo central del cementerio hasta que vi un grupo de que charlaba animado. Me acerqué con cierto disimulo y pegué la oreja. Hablaba una señora de mediana edad, muy enérgica, mandona diría yo.
-Ahora que mentas Lobosillo. No sé si fue allí o en Valladolises donde ocurrió algo fuera de serie.
-O tal vez ni en Lobosillo, ni en Valladolises, ni en ningún lugar conocido -apuntó un hombre enjuto, con barba de algunos días y boca desdentada.
-A mí me contaron que allí vivió un militar muy hombretón -terció otra mujer de semblante serio.
-¿Qué entiendes por hombretón? –replicó la mujerona de mediana edad, algo contrariada porque le estaban interrumpiendo su narración.
-Grandón, de recia osamenta.
-Yo me pensaba otra cosa-comentó otra mujer, la de mayor edad, de carnes abundantes.
-¿Pues qué te pensabas tú?-volvió a la carga la mandona.
-¡Sobrao de tó!
-¡Mira por dónde ha salío! ¡Anda que estás buena!
-Si queréis que siga, dejarme. El pelo del hombretón ya clareaba y se había puesto gordo como un tejón. Su señora no era muy alta ni estaba pasá de guapetona pero tenía su cosa. Daba gusto verla. Andaba siempre muy peripuesta con su moño muy bien hecho y su sombrilla de raso. Como aquí siempre ha caído ese solazo que a los cuerpos hace fosfatina y…
-Sí que es verdad. Que una no pueda tirar p ´ alante. –Interrumpió decidida la oronda.
-Y además que a la gente ricachona o que se tenía por eso, no le gustaba que le quemara el sol en la piel. Eso era de gente pobre que trabajaba en el campo. Una deshonra. Aunque, ya ves tú lo que son las cosas. A ella le gustaba suponer desde que se casó con el militar, pero el padre de ella era de lo más corriente, jornalero, que como muchos dormía en la pajera: paja fresca en verano y caliente en invierno. Y la madre cantaba la jota de los perros y se quedaba tan ancha.
-¿Cómo era esa jota?
-Espérate un poco que me recuerde ¡Ya!:
A la jota, jota,
bailan los perros,
levantan la pata,
se le ven los güevos.
Eran muy corrientes, pero ella, claro… Se echó las cruces con un militar, oficial. Bueno, a lo que iba…
-¡Abrevia y no des más la matraca! –terció nerviosa el enjuto. Corroboró el comentario con un meneo de cabeza la señora obesa de papada importante.
-Como decía, se atiborraban de lo que apetecían y más, porque tenían posibles. Había prosperidad pero también monotonía. Eso que lo sacaba de bureo por Cartagena. Ella regresaba contando que si el Café Suizo, el España, La Palma Valenciana, los bailes de carnaval del Casino, sus paseos por la calle Mayor. Un año fueron a la feria de Navidad que unas veces se ponían en la calle de San Francisco, otras en la calle Real. Se tropezaron con una barraca que ponía: "¡Sólo para hombres!".
-Eso era un teatro donde salían muchachas en cueros y sólo entraban hombres –comentó una de las mujeres que la escuchaban.
-Una revista de los años veinte. Sólo entraban los hombres y el marido sonreía satisfecho pensando que dentro vería mujeres como sus madres las trajeron al mundo. Eso era lo que daba a entender el letrero de la puerta y claro…Se formaban unas colas de hombres p´a entrar que el dueño del negocio se tuvo que hacer de oro. Si antes de entrar sonreían, al salir daban unas carcajadas que se le desencajaban la mandíbula.
-¿Y eso?
-Le contó a su mujer lo que había visto dentro: una vitrina.
-¿Y dentro de la vitrina?
-Dentro de la vitrina se veía un pico, una pala, un capazo de esparto, una cajetilla de tabaco de cincuenta céntimos…¡Sólo para hombres!
-¡Está bien la cosa!
Este comentario halagador de una de las contertulias la satisfizo que la hizo crecer por lo menos un palmo, al tiempo que exhibía una medio sonrisa como si fuese un trofeo conquistado. Su historia había gustado pero aún quedaba lo mejor.
-¡Qué disparate!-comentó sigilosa por lo bajini una de las oyentes.
-El marido pasaba mucho tiempo sirviendo al Rey con las guardias y esos negocios de los militares. A ella se la veía feliz bordando con su bastidor y tejiendo encaje de bolillo. Era hacendosica y primorosa, la verdad. Por la noche recibía la visita de un forastero bribón. No sé quien me llegó a contar que tenía la mala sombra a capazos, aunque yo, como no lo traté, no puedo decir ni mú. Aquellos amores tomaban copero y no traerían ná bueno. Tantas cosas se cuentan como que la tía lagartona le llegó a tirar los tejos al guapote del Raúl. Total que el marido algo se receló porque se le pusieron las orejas tiesas y puso vigilancia. De esta manera se enteró del potaje que se cocía en su propia casa, y él sin comerlo ni beberlo. Las sospechas tomaban cuerpo y el marido…
-Una caterva de cuernos.
-Pero de reglamento, que le harían amagar el lomo.
-Anda que en un momento habéis puesto bonico al cabestro-remató burlona la de gruesa estampa.
-El marido estuvo al acecho y quería afiansarse bien afiansao en lo que veía. Una noche que tenía guardia se despidió de su mujer, pero no se fue. Se escondió, astuto como una garduña. Vio entrar al cafre que lo humillaba, que lo hubiera devorao a bocaos, pero se aguantó y media hora después entraba él en su casa. Iba acompañaó, que no lo he dicho antes, por dos soldaos que estaban a sus órdenes y a los que les dijo: "Vosotros esperáis aquí hasta que os llame". Abrió con su llave la puerta, colgó su gorra de plato en la percha del recibidor, que era un recibidor grande, como una plaza de toros, y llamando a voces a su mujer le decía: ¡Voy pá dentro! ¡Voy pá dentro!
La mujer salió a la chispa de su habitación de matrimonio con mucho azogue, como pisando sobre brasas. El corazón se le reventaba en el pecho. El mundo se le cayó encima. Le cuenta el militar a su mujer que se ha presentao de improviso porque debe llevarse al cuartel el arca que tiene en el cuarto donde duermen. En ese cofre guarda no se qué cosas del ejército. ¡Mirá! La mujer se quedó como el mármol, que si le pinchan no le sacan ni gota. La sangre cuajá en las venas cuando el militar llamó a sus ayudantes para que se llevaran el arca. Salieron con él en la noche, lo metieron en el camión militar y desaparecieron. No se volvió a saber de aquello. Cuentan que enterraron el arcón en un paraje bastante retirao.
-¿Con el amante dentro?
-Con el amante dentro.
José Sánchez Conesa













