Rigor Histórico
En un profuso artículo responde, con cierta iracundia, el señor Julián a la visión que expongo sobre los convulsos años 30 en España en mi ‘Rigor histórico’, recientemente publicado en El Vicent. En su réplica me acusa de realizar “una interpretación errática o interesada de la Historia”. Debo entender que, en cambio, él sí se siente plenamente capacitado para, con ciertas garantías de éxito, llevar acabo la práctica hermenéutica; pues ya se sabe que la Historia se basa en la interpretación de documentos; de ahí, la existencia de versiones, tan dispares como contrapuestas, en su haber.
Ésta y otras perlas encontramos en un artículo que don Julián ufanamente titula ‘Verdades a medias son mentiras completas’, pero la vil acusación de que el firmante de estas líneas justifica el alzamiento cívico-militar del 36 se lleva la palma. Porque, además, lo hace sin mediar prueba alguna, pues con ello sólo trata de alcanzar la fibra sensible del lector desprevenido y poco informado, desviando su atención de lo que debería ser el mero debate intelectual. De todos es sabido que la Historia se centra en el estudio de los hechos acaecidos en el pasado y no en vanos deseos ni buenas intenciones.
Dicho de otro modo, nada importa que hubiéremos preferido que la Restauración, régimen liberal y parlamentario, evolucionase hacia un sistema democrático sustentado en valores tan nobles como la libertad, la justicia y la igualdad, pues no sucedió así. Tuvo lugar, en cambio, la II República, nacida ya de por sí de forma ilegal (recordemos que su origen está en unas elecciones municipales —que no plebiscito— en las que los monárquicos arrasaron, aunque fueran derrotados en las principales capitales de provincia) y traicionada por el Partido Socialista, que se alió con la Esquerra Republicana de Catalunya para evitar la entrada de la CEDA al Parlamento. El partido de José María Gil Robles había vencido en los comicios electorales de noviembre de 1933 y en puridad democrática le correspondía formar Gobierno, pero, atendiendo al odio visceral que tanto la Izquierda como otros partidos secesionistas le profesaban, se decantó por postergar su ingreso en el Gabinete.

Pío Moa
Sería, finalmente, un 4 de octubre cuando tres ministros de la CEDA, todos ellos de reputación intachable, tuvieran presencia en el Gobierno. Para entonces, socialistas y nacionalistas catalanes ya habían iniciado un proceso conspiratorio que atentaba contra la voluntad de las urnas. Prueba de ello es que a un mes del comienzo de la Revolución de Asturias, la Guardia Civil había descubierto un importante alijo de armas a bordo del vapor Turquesa, relacionado con el socialista Prieto, y que tenía como objetivo pertrechar a los sediciosos. En concomitancia con este suceso venían sucediéndose, tiempo atrás, declaraciones de destacados miembros del PSOE que instigaban a la revolución. A modo de ejemplo, reproduzco seguidamente un par de titulares del periódico El socialista: “Tenemos que recorrer un período de transición hacia el Socialismo integral, y ese período es la dictadura del proletariado” (Largo Caballero, 15-11-1933); “Nuestro deber es ir a la revolución con todos los sacrificios” (Prieto, 8-2-1934). Una vez concluida la insurrección, el balance fue sobrecogedor: más de mil muertos causados por ambas partes; centenares de edificios destruidos, entre los que destacan la Catedral de Oviedo, cuya cámara santa fue dinamitada por los revolucionarios, así como la Universidad y el Instituto de Enseñanza Media sitos en la misma ciudad.
Muchos han argüido, torticeramente, que la sedición tuvo como motivo el temor de las Izquierdas a que la Derecha gobernase, debido a que, en esos momentos, Hitler accedió al poder en Alemania por vía electoral. Ciertamente no deja de ser curioso que el quebrantamiento de la Ley sea justificado en razón de una hipotética actitud dictatorial de un partido político que acababa de vencer en unas elecciones generales y que en ningún momento había infringido las reglas del juego parlamentario.
Atendiendo a la secuencia de los hechos, no resulta desmesurado concluir que la Guerra Civil sobrevino a consecuencia del ataque sufrido por la Legalidad en el 34 a cuenta de la Izquierda, y una vez herida ésta de muerte —la legalidad— y sumergida España en un ambiente revolucionario, se ocupó la Derecha de rematarla dos años después. Al respecto, don Julián asevera que “en [el día 10 de agosto de] 1932, tuvo lugar la primera sublevación contra la República de manos del general Sanjurjo, apoyado por la derecha (...)”. ¿Seguro que fue la primera? ¿Y qué hay de las insurrecciones anarquistas fechadas en enero de ese mismo año? ¿Y por qué piensa usted que la sanjurjada no recibió el apoyo de generales —por ejemplo Franco— que sí se adhirieron, posteriormente, al golpe del 36? ¿No será que fue una intentona golpista de corte oligárquico que no recibía el apoyo mayoritario de la Derecha? Del mismo modo que las sublevaciones anarquistas no cobran tanta importancia —al tratarse de un movimiento carente de apoyo parlamentario— en comparación con el asalto a la legalidad protagonizado por el PSOE y la Esquerra. De la Guerra Civil nos cuenta poco menos que, mientras Azaña recitaba las melifluas palabras “paz, piedad y perdón”, “otros chapoteaban en sangre” (don Julián dixit). Es éste un enfoque tan pueril como maniqueo del asunto. Pueril porque otorga un valor desmesurado a las declaraciones desdeñando la vía de los hechos consumados. Y, si no, que se lo digan al capitán Gándara, que, siendo de ideas republicanas, perdió la vida a manos de la Checa de Fomento por haber denunciado anteriormente la responsabilidad de don Manuel Azaña en el suceso Casas Viejas. Maniqueo por resaltar la acción asesina de un bando —cuando ciertamente la voracidad represiva sucedió en una y otra zona— mientras minimiza la del contrario. Prueba de ello es que pasa inadvertida la masacre de Paracuellos del Jarama, perpetrada en zona frentepopulista. Total, sólo fallecieron cinco mil personas...
Francisco Javier Torá Jiménez













