Omertá

Se trata de la obra póstuma de Mario Puzo. Astorre Viola es un tipo amable, que gestiona una empresa de macarrones, y al que le pirra cantar —si bien, con más voluntad que acierto— baladas sicilianas en su tiempo libre. Cuando su padrino, el gran Raymonde Aprile, es asesinado, Viola hereda la dirección de su cadena de bancos internacionales con una condición: que se encargue del cuidado y protección de la familia de éste. Ya que los hijos del Don han sido educados ajenos al mundo de crimen y corrupción que envuelve a los turbios negocios de su padre. Instruidos en prestigiosas universidades, han conseguido prosperar y convertirse en puntales de la sociedad norteamericana. Nicole, sin ir más lejos, es una abogada especialista en Derecho Mercantil, que participa activamente en una asociación que protesta contra la pena de muerte. Marcantonio es un importante productor de televisión, que cuenta con un afinado olfato profesional para transformar cualquier historieta de amor en un éxito audiovisual de masas. Por su parte Valerius es coronel del Ejército de los Estados Unidos y posee contactos con varios agentes de la CIA.

Pero mientras los hijos carnales del Don se educan en la “inocencia”, Astorre se está preparando concienzudamente para adoptar en un futuro las riendas de la familia. Es por ello que estudia finanzas en Londres y pasa el verano en Sicilia, donde bajo la tutela de don Aprile aprende a manejarse en la vida como un verdadero mafioso.

De tal modo que cuando Aprile es borrado del mapa debido a una confabulación de los distintos poderes fácticos (léase: el FBI; el Departamento de Policía de Nueva York; Timmona Portella, que ha salido indemne de las investigaciones realizadas contra el crimen organizado precisamente por haber violado la omertà y delatado ante el FBI a los dirigentes de otras familias; Inzio Tulipa, un poderoso narcotraficante, que sueña con hacerse con su propio arsenal nuclear; y Marriano Rubio, cónsul general del Perú, que aprovecha su inmunidad diplomática siempre que tiene ocasión para delinquir en las más altas esferas), Viola se encuentra absolutamente preparado para preservar el status de la familia y organizar minuciosamente su implacable venganza.

Que Astorre Viola hubiese podido vender a sus enemigos los negocios bancarios heredados del Don y alejar de sí el maldito cáliz de la persecución despiadada de los sicarios enviados por el señor de la droga y librarse al mismo tiempo de las incómodas auditorías a sus bancos ordenadas por el FBI, y dedicarse, con el inmenso dinero obtenido tras la venta de los bancos, a una existencia vigorosa y hedonista, es algo que se encuentra fuera de toda duda elemental. De hecho, los hijos de don Aprile, acomodaticios de por sí, llegan a sugerirle que acepte la venta de los bancos como una opción a tener en cuenta.

Pero no se trata de eso. Es decir, el hondo significado de la vida no radica, para Astorre, en el hecho de llevar una existencia más o menos holgada y libre de apuros económicos. Sino en no dejarse utilizar por los poderosos. En constituir una personalidad robusta y sólida con la que trazar el propio destino y el de los más allegados. En tomar las decisiones profesionales sin más presión que la derivada de todo acto de responsabilidad personal.

Desde esa particular forma de entender la existencia, Astorre se convertirá en un digno sucesor del Don y planeará su temible venganza ante aquellos que lo menosprecian al considerarlo un vulgar tenorino, incapaz de preservar la gloria de la que tiempo atrás había gozado la familia Aprile. Se equivocarán. Y de qué forma.

Francisco Javier Torá Jiménez