Murciélagos en un burdel
Se trata de la primera novela publicada por Gregorio León. De lectura lenta y espesa durante el transcurso de los dos primeros capítulos, la trama va cobrando intensidad a medida que el autor va rompiendo con los hilos de dependencia que le mantienen unido a unos personajes, a los que ha descrito sobradamente desde el principio. Es entonces cuando éstos adquieren vida propia y actúan por su riesgo y ventura.
Y es entonces, también, cuando, ya, libre de ataduras, León cuenta la historia que desde un principio se había propuesto contar. La de unos estudiantes universitarios cubanos que, encabezados por 'El Gordo Manzanita', y hartos de comprobar cómo la Constitución de 1940 queda siempre reducida a papel mojado por culpa de las apetencias golpistas de unos y otros, planean asaltar el Palacio Presidencial para derrocar al Gobierno de Fulgencio Batista y restaurar, de ese modo, las libertades cívicas.
En Murciélagos en un burdel, la presencia gangsteril, la que se codea habitualmente con el poder político, extrayendo pingües beneficios (tanto es así, que llega a constituir un doble poder en la isla), está majestuosamente cubierta por Meyer Lanski. Un personaje que a mí, personalmente, me fascina porque representa lo más sutil y elevado del Cine Negro.

Impresionante recreación de la Cuba de los cincuenta. En donde, mientras el presidente Batista juega a la canasta con el embajador norteamericano y se jacta de trabajar dieciséis horas diarias, resuenan los ecos desde las lejanas montañas de un desconocido Fidel Castro. Portento político infravalorado por Batista, por tratarse de un disidente que prepara con sigilo su revolución en un lugar ajeno a La Habana, que es el único punto geográfico clave que preocupa a la élite cubana o asociada, como en el caso de Meyer Lanski.
Pero, sobre todo, hablamos de una novela de intriga política, que, como es previsible, alcanza su cénit en el momento en el que se está ejecutando el Golpe que tiene por objeto asesinar a 'El Mulato'.
Paradójicamente, Totti, uno de los escasos personajes de la novela inventados por el autor, cuenta con el interesante privilegio de suponer el gran detractor de esta obra, fundamentalmente, de carácter político, como hemos dicho anteriormente. Porque él representa la más austera banalidad. La que se contenta con el mero hecho de poseer. Ora, un ejemplar de la Constitución del 40, raído y cubierto de polvo. Ora, una fogosa mulata trigueña —previamente retribuida— en una de las habitaciones del modesto hostal 'La Venida'.El caso es que gracias al desternillante Totti, el lector puede sobreponerse de tanta tensión política y recabar energías para lo que, ineluctablemente, vendrá después.
¿Qué viene después? La hora de los valientes y de los traidores. La de los que se entregan heroicamente al martirio con tal de no renunciar a unos ideales por los que llevan más de media vida luchando. Y la de los que huyen, sin pensárselo dos veces, del coche en dirección a ninguna parte, importándoles un bledo la suerte que correrá su jefe de filas. La política es tanto una como otra cosa. Y, desde luego, ambas quedan nítidamente retratadas en la obra de Gregorio León.
De prosa ágil —eléctrica, diría—, el lector se sumerge con enorme facilidad en unas páginas que le invitan vehementemente a conspirar contra dictadores, deleitarse con las novelas radiadas de Silvito, informarse de la actualidad política del día con el rey de las ondas, 'El Griego', o a —y por qué no— tomarse un daiquiri en compañía de una estupenda mulata.
Francisco Javier Torá Jiménez













