McDonalización de la sociedad

En su libro La McDonalización de la sociedad George Ritzer describe y analiza un fenómeno al que denomina “mcdonalización”, que se encuadra en el constante proceso de transformación que está viviendo el desarrollo de numerosas actividades en las sociedades occidentales, desde los procesos que rigen la producción y el ocio hasta las nuevas técnicas cada día más presentes, en mundos como el de la política o los medios de comunicación. Las pautas que actualmente dirigen muchas de estas acciones ya no son las tradicionales. Si tratamos de encontrar un hilo conductor a estas mutaciones concluimos que esencialmente responden a una exacerbación del proceso de racionalización formal (en el sentido weberiano) aplicado a la realización de esas actividades. La racionalización formal, que es el proceso queda origen a las burocracias modernas en cuanto fue aplicada a las Administraciones públicas, ha sido también utilizada en otras esferas, principalmente en la organización de procesos productivos, y cada vez más profundizada hasta trastocar de manera absoluta la sociedad en la que vivimos y acabar provocando lo que vamos a llamar, nosotros también, macdonalización. La elección del término pretende significar la naturaleza del cambio comentado. A juicio de Ritzer este proceso es el causante de que de manera paulatina cada vez más aspectos de la vida social (la enseñanza, los viajes, el ocio, la política, la transmisión de información...) queden igualmente regidos en su funcionamiento por principios inspirados en una búsqueda extrema de racionalización. Y, precisamente, esta es la clave organizativa del negocio de las empresas dedicadas a la comida rápida. De entre todas ellas toma Ritzer el nombre de la cadena de hamburgueserías McDonald’s para referirse al fenómeno por ser ésta, probablemente, la más conocida y representativa. Más allá de la valoración que pueda merecer el proceso de transformación que relata la obra referida, es innegable que muchos de los datos señalados por Ritzer proporcionan indicios sobre la existencia de un importante cambio social. Las sociedades actuales funcionan cada vez más (y con ellas todos sus miembros así como las actividades que éstos realizan) tomando como base una serie de cualidades que quizá no eran tan relevantes antaño.

En primer lugar, cualquier proceso productivo debe ser en la actualidad, y ante todo, eficaz. Esto es, en el desarrollo de cualquier actividad se pone cada vez más énfasis en la necesidad de lograr la consecución de los resultados perseguidos haciendo uso de los menores medios posibles. Esta continua búsqueda de eficacia se manifestó inicialmente en cambios de gran trascendencia en el mundo de la industria (cuyo máximo exponente es quizá la cadena de montaje), pero paulatinamente procesos cada vez más similares al de la producción en cadena taylorizada pueden encontrarse en otros sectores y, especialmente, en el sector servicios. En este sentido los restaurantes de comida rápida son un excelente ejemplo: todas las labores que se realizan en estas multinacionales de la restauración, extraordinariamente sencillas cada una de ellas, buscan la obtención de una máxima eficacia por medio de la automatización del trabajo y la rígida ejecución de unas tareas, siempre las mismas, predeterminadas. Sin embargo no sólo en este ámbito es constatable esta modificación, ya que fenómenos muy similares y en gran parte inspirados en este modelo de gestión están invadiendo poco a poco otras áreas. Para medir la eficacia, pero en numerosas ocasiones con un valor en sí mismo, aparece como un aspecto cada vez de mayor trascendencia el cálculo. Nuestra sociedad, que valora los procesos eficientes, vive obsesionada con su cuantificación. Cuantificación que se aplica inmediatamente a la evaluación de los supuestos beneficios obtenidos con las mejoras técnicas y de los ahorros temporales, materiales o del tipo que sean, logrados. En inevitable correspondencia las preocupaciones cualitativas pasan a un segundo plano. Una suerte pareja corre la valoración de toda una serie de ventajas o peligros cuya mensurabilidad es más compleja, y que son generalmente ignorados precisamente por la dificultad que supone su evaluación. Un proceso es eficiente si logra producir mucho y a un coste limitado. Evidentemente un mismo producto es más interesante, tanto de producir como (probablemente) de obtener, cuanto menor sea su coste y el tiempo que se requiera para su elaboración. La creciente importancia que se concede al cálculo de estas cuestiones es difícil por evidente que pase desapercibida, en los más variados ámbitos. Sin embargo de nuevo encontramos en los restaurantes de comida rápida un ejemplo paradigmático. En ellos absolutamente todo se encuentra metódicamente cuantificado, la precisa cantidad de cada ingrediente, los segundos exactos de cocción y, sobre todo, la producción global, dato que se resalta obsesivamente. Un tercer aspecto de lo que Ritzer llama mcdonalización es la creciente exigencia de uniformidad y, sobre todo, de previsibilidad. Las sociedades actuales no son amantes de las sorpresas. Vivimos en un mundo en el que a mucha gente (a la mayoría) no le importa sacrificar algo de calidad si a cambio obtiene la seguridad de que va a saber de antemano qué tipo de producto encontrará. Esta voluntad de eliminar la incertidumbre condiciona a su vez los procesos productivos. Porque lógicamente la uniformización coadyuva notablemente a la consecución de una mayor eficacia, al no ser necesario dispersar esfuerzos y aparecer en consecuencia, y de inmediato, jugosas economías de escala. Además estas ventajas on, una vez más, fácilmente mensurables. Los consumidores (o los ciudadanos) se conforman o prefieren productos de discutible calidad pero en la que está poco menos que garantizado que ésta no va a sufrir altibajos. Ante una demanda de esas características la mcdonalización no sólo se presenta como un mecanismo extraordinariamente útil sino que se torna prácticamente imprescindible. Aún, además, necesidad y virtud, pues proporciona considerables beneficios al evitar la dispersión de esfuerzos. Las empresas pueden (y de hecho es lo que hacen) centrarse en la consecución de procesos cada vez más eficientes y tendentes a la homogenización, sabedoras de que por ello no sólo no van a verse penalizadas sino premiadas. La tendencia referida es especialmente acusada en el mundo de la alimentación (y no sólo en el de la comida rápida). Cualquiera puede constatar las grandes diferencias que existen entre las frutas y verduras que pueden adquirirse en la actualidad y cómo eran estos alimentos hace unos años. Si bien es cierto que gran parte de los riesgos han desaparecido (encontrar alimentos en mal estado o directamente nocivos) y en la actualidad una cierta calidad mínima está en cualquier caso garantizada, lo que indudablemente evita ciertas sorpresas desagradables, la calidad media de estos productos ha caído considerablemente. Y, por supuesto, esta situación llega a su máxima expresión en cualquier hamburguesería, cuya escasa variedad en la oferta y la absoluta similitud de cada producto al resto, la convierten en el paraíso de la previsibilidad. Cualquier persona que visita un restaurante McDonald’s bien sea en Sydney bien en El Cairo puede confiar ciegamente en las características y parámetros de calidad de las hamburguesas con las que se va a topar. Por último señala Ritzer la creciente importancia del control en las sociedades mcdonalizadas. Control ejercido por las propias estructuras productivas sobre sus empleados pero también sobre los consumidores, por muy variados medios. La tecnología cada vez ayuda más en la realización de esta labor. Es más, en no pocas ocasiones una mayor eficacia implica también un mayor control sobre la actividad concreta que cada persona ejerce, así como sobre gustos de consumidores .. etc.

En definitiva, vivimos en un mundo cada vez más mcdonalizado porque nuestras sociedades, al igual que los restaurantes de comida rápida, tratan de producir todo cada vez con una mayor eficacia, imitando los métodos de éstos. Además producen en grandes cantidades y a un precio aparentemente económico, y garantizando que el producto se encontrará siempre dentro de unos determinados márgenes de calidad (aunque será por lo general mediocre).Este proceso de racionalización que ha ido imponiéndose en casi todos los aspectos de nuestra vida supone en muchos aspectos, qué duda cabe, un avance. Gracias al mismo se produce más y la distribución de los bienes es más equitativa, mientras que los costes mensurables disminuyen apreciablemente. Las sociedades mcdonalizadas ponen a disposición de muchas más personas toda una serie de bienes y servicios que, de otro modo, no serían accesibles a grandes segmentos de la población. También facilitan muchas tareas y posibilitan, aunque sea en unas condiciones mínimas de calidad que permiten calificar la salida ofertada como “de subsistencia” (piénsese en el paradigmático caso de las hamburguesas, que no pasan de poder ser tenidas como una solución meramente nutricia para una comida), una mejora en la calidad de vida de muchas personas. Pero, como junto a estas importantes cuestiones existen otras cuya trascendencia no puede desconocerse en la vida social, ciertas consecuencias negativas enturbian el aparentemente despejado panorama de éxitos de la mcdonalización. Las sociedades modernas mcdonalizadas pueden congratularse de las mayores alternativas que este proceso ha contribuido a ofrecer pero no sin obviar que, a la vez, se han visto considerablemente empobrecidas en otros aspectos. Tal y como señalaba Weber refiriéndose a la burocracia, la superioridad técnica respecto de cualquier otra organización, no excluye la existencia de desajustes que pueden hacer desaconsejable un modelo que aparentemente es extremadamente eficaz y por ello en principio idóneo. Los problemas que este sociólogo advertía a principios de siglo en el dominio burocrático eran, esencialmente, de dos tipos. De una parte la existencia de ciertas irracionalidades provocadas por el propio proceso de racionalización, que puede acabar por conducir a soluciones poco “razonables”. Y, por otra, la creación de una situación a la que nombraba como “jaula de hierro”, en la que quedan encerradas las sociedades extremadamente racionalizadas, pues la excesiva reglamentación impide la innovación, atrofia la imaginación, y empobrece en este sentido la vida social. Para Ritzer estos son también los principales problemas que presenta la mcdonalización, que nos conduce a un mundo en el que no sólo ciertos esfuerzos encaminados hacia la consecución de una mayor racionalización no logran su objetivo y acaban generando situaciones no razonables y, en ocasiones, incluso, mermas en la eficacia, sino en el que además la creatividad de las personas no se espolea sino que, antes al contrario, se adormece.

Antonio Casado Mena