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Currículum mortis

Tras observar las imágenes en portada de JFK y Marilyn Monroe pensé que me encontraba ante una novela histórica. Pensé que, tal vez, el audaz periodista Dan Foster , nexo entre pasado y presente, no impediría a Luis Murillo adentrarse en un período histórico que comprendería los convulsos años cincuenta y primeros de los sesenta. Pero erré. Pues, en Currículum Mortis no se utiliza el presente como excusa para disertar sobre el pasado, sino, más bien, justo lo contrario. Así, tanto el magnicidio de Dallas en 1963 , como la misteriosa muerte padecida por la actriz rubia platino en el barrio Brentwood , de Los Ángeles , el año anterior no tendrían otra utilidad que la de justificar las aventuras de nuestro intrépido periodista.

Existen determinados fragmentos del relato anclados en el tópico y que, ciertamente, producen rubor. Que una rubicunda y exquisita agente de la CIA se interese (hasta el punto de jugarse la vida y la hacienda) por Dan Foster, a la sazón, un periodista español metido en años, que lleva una vida desordenada y atesora un físico nada llamativo, no sólo resulta inverosímil, sino absolutamente demencial. Si por añadidura, el flirteo es consumado en un bar mientras nuestro latin lover enarbola seductoramente un Dry Martini ante semejante belleza, la escena sólo puede contener un doble significado: que el autor de Currículum Mortis no anda nada escaso de imaginación; y que, por añadidura, le encantaría hallarse en el lugar de Dan Foster.

A este último (Dan Foster), pese a ser el protagonista, no se le recuerda ninguna de esas sentencias que dejan huella en el imaginario colectivo. Ninguna expresión chispeante que el lector pueda retener en la mente. Nunca un personaje con tanto a favor (es perseguido implacablemente por una organización paraestatal, llegando a sufrir un atentado) resultó tan poco carismático. Por otra parte, los constantes celos con motivo de los devaneos amorosos del célebre escritor y el lenguaje soez que utiliza de principio a fin de la obra, convierten a la editora catalana (encargada de publicar los libros de Foster) en un personaje absolutamente plano y carente de interés. Mucho más interesante que los anteriores resulta, sin ningún género de dudas, Richard Parker, con sus malignas ampollas contra el envejecimiento, sus silencios elocuentes y su lealtad al trigésimo quinto inquilino de la Casa Blanca presidiendo el conjunto de la obra.

Huelga reconocerle al autor el empleo de un lenguaje directo y electrizante, lo que prolonga el tiempo de lectura indefinidamente, o, para ser exactos, hasta que el sueño hace mella en uno como fruto del agotamiento. Las descripciones, de los múltiples puntos geográficos en los que Foster se da cita para recabar información, son sucintas, lo cual se agradece, ya que no resultan determinantes en el curso de los acontecimientos. La tesis sobre la que se sustenta la obra es manifiestamente comercial, de tan disparatada. A saber: los óbitos tanto de Marilyn Monroe como de JFK no se produjeron en el tiempo y lugar marcados por la Historia. Ambos respondieron a un doble montaje ideado por la CIA.

Obviamente, Murillo se beneficia del clima de confusión que reina sobre dichos sucesos (en derredor de los cuales se han vertido auténticos ríos de tinta) y aprovecha las nebulosas condiciones que ofrecen para publicar una novela que a unos podrá gustar más que a otros, pero que, en definitiva, resulta notablemente sugestiva y amena.

Javier Torá Jimenez

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