Más sobre Tesoros
La recogemos en San Cayetano, pueblo que pertenece a Torre-Pacheco mayoritariamente, porque otra agrupación de viviendas es ya término de San Javier. Narra Teresa Peñalver:
“Bajando del Cabezo Gordo, junto a la carretera de Balsicas había una balsa de unos 10 metros de profundidad, 30 de larga y 15 de ancha, calculo yo. Una pena que la destruyeran porque se decía que era del tiempo de los moros y recogía el agua del monte cuando llovía. Sacaron ánforas y existió allí un poblado. Junto a la balsa un aljibe de donde sacaban agua los peones camineros y un jardín con arbustos y enredaderas. Se decía que en la balsa existía una mora encantada que guardaba un tesoro de joyas y oro, lo que despertaba la codicia de los avariciosos. Los antiguos de San Cayetano contaban que sacrificaron a una muchacha virgen porque su sangre era necesaria para desencantar a la mora y conseguir el tesoro. Murió la joven por culpa de una bruja, que fue a la cárcel, siendo vendidos sus bienes para pagar los gastos ocasionados. Todo fue verídico”.
La misma informante nos ofrece otra versión literaria fruto, creemos nosotros, de la imaginación de un escritor llamado Andrés Blanco, que “veraneaba en el pueblo y lo adoraba”. Este autor escribió “El tesoro de la reina” que podemos encontrar en la biblioteca del Ayuntamiento de Murcia. He aquí el resumen de la narración de Blanco que nos hace la informante:
“Don Andrés habla en su libro del tío Mochuelo, agricultor rico que junto a su administrador Lorenzo y su hombre de confianza Joaquín tramaron un plan para conseguir el tesoro de la balsa. La sangre que necesitaban de una doncella la consiguieron de una muchacha manchega que venía a segar con sus padres. El padre regateó y consiguió 3000 reales por un poco de sangre. El tío Mochuelo dio un buen corte en el pie de la chica, que se desmayó. La madre gritó y salió una gran culebra que huyó hacia una higuera. El tío Mochuelo fuera de sí comenzó a cavar pensando que allí estaba el tesoro porque con la sangre derramada había huido la culebra que custodiaba el tesoro. Esa fué su interpretación. Tuvieron que atarlo con sogas y al tiempo murió. Su mujer se casó con el administrador que desde hacía tiempo, según las malas lenguas, ya mantenían relaciones amorosas”.
José Sánchez Conesa













