Sobre Cementerios: El terror de los agarrados.

Hasta el momento, y dentro de la provisionalidad de toda investigación de campo aún incipiente, puedo afirmar que una de las leyendas más recurrentes que he encontrado en mis diálogos con nuestros mayores es la de la apuesta en el cementerio, con susto de muerte en su trágico desenlace. De niño la oí en La Palma a los monaguillos mayores, tendría unos 6 años y quienes la narraban daban fe que sucedió realmente en el camposanto palmesano. Cual fue mi sorpresa al descubrir con el paso de los años que idéntica historia, con algunas leves diferencias de detalle, me eran narradas en otras localidades vecinas como sucesos propios del lugar. Esto ocurre siempre o casi siempre.

Lo que recuerdo que me contaron en La Palma:

“Unos jóvenes que porfiaban a cerca de su valentía apostaron una suma de dinero para aquel que fuese capaz de traspasar la puerta del cementerio parroquial a las 12 de la noche y clavar un puñal, como prueba presencial irrefutable, en la gran cruz situada en el centro del recinto.

El más decidido dijo altanero que sería el primero en superar la prueba. Llegada la hora convenida se adentró con gran temor, acrecentado por el chirriar de las grandes puertas en la silenciosa noche. Una vez frente a la cruz realizó lo establecido, pero como en aquellos tiempos los hombres usaban capas traspasó, sin darse cuenta, esta prenda de su atuendo con el puñal. Al girar presto para ganar la calle, con gran rapidez pues el miedo hacía presa ya en él, descubrió horrorizado que no podía moverse. Pensó que los muertos lo habían agarrado. Al día siguiente lo encontraron en el suelo sin vida”.

En La Puebla nos relata Josefina López Martínez:

“Uno que decía que no tenía miedo y que iba solo de noche al cementerio. Los demás lo seguían. Pero se enganchó con una rama y empezó a gritar y hasta que se hizo de día estuvo enganchado en una rama”.

Canteras es otra diputación cartagenera que cuenta con su peculiar versión:

“Fue uno por promesa al cementerio de noche y al salir se enganchó la capa saltando la puerta y creyendo que era un muerto el que lo agarraba, dijo: ¡Suéltame que yo no he hecho nada!”

En la pedanía de El Jimenado, perteneciente a Torre-Pacheco, oímos en boca deMiguel Ros Castillo lo que aquí reproducimos textualmente:

“Hubo una apuesta de ir solo a la puerta del cementerio y de muestra se clavaría una púa en la puerta del cementerio. Lo hizo y como era invierno llevaba una manta del ajuar que se hacía en los telares de antes, que se doblaba y formaba una capucha para la cabeza y lo que sobraba por bajo se lo echaban por encima cruzado sobre el pecho y el hombro. Con el nerviosismo se pilló la manta en la púa y se murió del susto”.

Da cuenta de su universalidad el que la podamos leer en las memorias del que fuera vicepresidente del gobierno y destacado dirigente del PSOE, Alfonso Guerra. Cito textualmente el pasaje referido a su infancia en su Sevilla natal:

“Mi padre también nos contaba historias leídas u oídas que nos intrigaban y a veces nos hacían temblar. Me afectó especialmente la historia de un joven aldeano que tenía la novia en el pueblo vecino, y a él se encaminaba cada tarde de sábado para gozar del baile pueblerino con su enamorada.

Recorría a pie los ocho kilómetros que separaban los pueblos vecinos, y en su camino había de atravesar el campo junto a la tapia del cementerio. En la ida no sentía ninguna turbación, porque un camposanto a la luz del día nos impregna de un sentimiento nostálgico, nos pone algo melancólicos, pero a la vuelta, a la hora de la medianoche, cada semana pasaba como asustado, no quería saber por qué. Una noche sin luna, se desplazaba siguiendo la tapia del cementerio, lanzando rápidas miradas de través hacia el abismo de oscuridad que él consideraba el lugar de las tumbas, cuando se sintió tocado en la espalda, atraído. Intentó con un esfuerzo zafarse de aquellas garras que le impedían continuar, pero no logró liberarse de la misteriosa fuerza que le mantenía sujeto. Se presentaron ante sus ojos las imágenes de los muertos sujetos a su ropa, impidiéndole andar, con el afán de sepultarlo con ellos en las tumbas. A la mañana siguiente los campesinos le encontraron muerto, prendido en las espinas de un rosal”.

En El Jimenado se contó que:

“Hicieron una apuesta para ver quien era capaz de ir al cementerio a invitar a un cigarro a los muertos. Allá que fue uno “envalentonao” y otro que sabía de lo que iba aquello se adelantó y se metió dentro del cementerio para darle el susto. Cuando el de la apuesta llegó junto a la pareta dijo: “¡Señores vengan a echar un pitillo que invito yo!” De dentro de entre las tumbas se oyó la voz del que estaba oculto: “¡Vamos a echarlo!” El otro se murió del susto.”

Tras el relato oral de José Sánchez Ros, hallamos en otra localidad del término municipal de Torre-Pacheco, como es Roldán, lo que sigue:

“El tío Pío era enterrador, se subió a la lera y a uno que pasaba tan tranquilo por el camino le dijo: “¡Dame un cigarro!”. Y el otro del susto salió corriendo”.

José Sánchez Conesa