La Leyenda de la Santa

Una leyenda que tiene como protagonista a una muchacha convertida en santa por la tradición popular, que no por la Iglesia, la encontramos en La Palma. Entre las funciones de la leyendas está precisamente la de explicar acontecimientos extraordinarios, milagrosos o reivindicar la santidad de alguien. La oí de niño, pero no solo eso sino que como el resto de los monaguillos tratábamos de bajar para verla al “sótano”, que era como popularmente se llamaba a la cripta o antiguo cementerio subterráneo del templo parroquial. Aquí van mis propios recuerdos y los de algunas generaciones de palmesanos:

“Existió hace mucho tiempo una muchacha bondadosa que al morir quiso Dios obrar un milagro en ella, como fue que le crecieran el cabello y las uñas, signos evidentes de santidad. Era creencia generalizada entre la chiquillería que después de misa un reducido grupo de fieles cristianos y cristianas, con nombres y apellidos, entre quienes recuerdo a Pepita García Tomás, “Pepita, la de Nicanor” bajaban a cortarle el pelo y las uñas. Llegué a escuchar que se trataba de una muchacha soltera que cuidaba con gran esmero y dedicación a su padre viudo y a sus pequeños hermanos. Como cada día llevó la comida que le había preparado a su progenitor, que era albañil y levantaba un panteón en nuestro actual cementerio, a unos metros de la iglesia. Tan agotada estaba por las tareas domésticas que la joven se recostó en un rincón quedando profundamente dormida. Los albañiles no se percataron y la emparedaron.”

Hasta aquí el relato. Tiempo después, por el año 1981 y con motivo de un trabajo de literatura sobre leyendas de los pueblos, que nos encargó el entonces profesor del instituto de Torre-Pacheco y escritor Santiago Delgado, tuvimos oportunidad de entrevistar a dos vecinas ya mayores: la señora Ángeles y Carmen, “la del corte”. Las dos nos comentaron que bajaron al cementerio subterráneo de la iglesia, abierto ocasionalmente con motivo, no recordaban muy bien si por las obras de reposición del pavimento en el año 1922 o después de la guerra civil, aunque se inclinaban más por la primera posibilidad. La primera de ellas sostenía que encontraron a una joven de larga y rubia cabellera. La segunda por el contrario, vio una calavera con cuatro pelos. ¡Qué diferencia en la percepción de un mismo hecho!

Recientemente entrevisté a un paisano, Antonio Pérez Segado, un niño de 9 años al término de la guerra civil, que me informó de lo que podría ser el origen de la leyenda:

“Durante la guerra civil la iglesia se ocupó como taller y almacén de motores de explosión de los aviones moscas y cazas del campo de aviación de La Aparecida y El Carmolí. Entró uno de aquellos camiones rusos y se salió de los tablones que pusieron en la entrada para salvar el desnivel, hundiéndose la entrada, pues era el hueco de entrada al cementerio subterráneo. Trajeron escombros en camiones para rellenar aquello. Acabada la guerra sacaron el escombro para limpiar y yo, Tomasín “el rasca” y Juan Celdrán entramos con teas encendidas de las que empleábamos en entrar a los refugios de guerra para coger murciélagos y emborracharlos poniéndoles un cigarro en la boca. Bajamos al antiguo cementerio, un pasillo con bóveda y a los dos lados los enterramientos en la pared, en tres filas y al final, a la derecha, muy cerca de lo que es el altar mayor pero en el subsuelo, en la inscripción que ponía el apellido Cutillas nos encontramos a la “Rubia”, que así comenzamos a llamarla nosotros porque tenía un pelo largo y rubio y aún se le reconocían los rasgos de la cara, mientras en los otros enterramientos sólo había huesos. Hablamos con el padre de Socratín Cutillas, por lo del apellido, y nos dijo que era una tía suya, por lo que se enterraría a mitad del siglo XIX”.

Es curioso pero generaciones posteriores a la mía hablan de la “Santa Macarra”, cuando nosotros siempre la denominábamos como la Santa. Sobre algo parecido escribió su novela “Del amor y otros demonios” el escritor colombiano Gabriel García Márquez. La base era real. Corría el año 1949 cuando al entonces joven periodista le encargaron cubrir la noticia de la demolición del convento de Santa Clara en Cartagena de Indias. La noticia estaba en el nicho de la sierva María de Todos los Santos:

“Extendida en el suelo, la cabellera espléndida medía veintidós metros con once centímetros. El maestro de obra me explicó sin asombro que el cabello humano crecía un centímetro por mes hasta después de la muerte, y veintidós metros le parecieron un buen promedio para doscientos años. A mí, en cambio, no me pareció tan trivial, porque mi abuela me contaba de niño la leyenda de una marquesita de doce años cuya cabellera le arrastraba como una cola de novia, que había muerto del mal de rabia por el mordisco de un perro, y era venerada en los pueblos del Caribe por sus muchos milagros. La idea de que esa tumba pudiera ser la suya fue mi noticia de aquel día, y el origen del libro”.

José Sánchez Conesa