La quema de Judas y otros exorcismos
Hace unos años conocí, por mediación de vecinos ancianos como eran Ginés Esteban 'El cholo' y Guillermo Gómez 'El de la cuba', la tradición de la quema de Judas en La Palma y sus caseríos próximos. Cada agrupación de viviendas celebraba la suya consistente en la confección de un muñeco relleno de paja, vestido con ropas viejas y al que colgaban por el cuello de una cuerda o alambre entre dos postes. No recordaban muy bien si era por la noche o durante el día cuando se le prendía fuego, provocando ruidosas explosiones porque se le introducían al monigote algunas tracas. Sí coincidía con la Resurrección de Cristo, el Sábado de Gloria, tal y como era celebrado por la Iglesia Católica antes de la gran renovación que supuso el Concilio Vaticano II. Tras la guerra civil desaparece la costumbre, como ocurrió en tantos lugares de España.
Hemos de señalar que la América hispana participó de estos actos mágico-religiosos y hasta en algunos lugares proceden aún hoy a su realización. Son muchas las variantes locales pues en unos lugares la figura que representa al discípulo traidor es apedreada antes de quemarla, otras veces son los cazadores los que descargan su munición contra el muñeco, provocando el fuego. El gran antropólogo e historiador Julio Caro Baroja conoció la quema en la Totana de los años 50, describiéndola en uno de sus textos. No dejaba de ser la cristianización de anteriores cultos paganos de purificación y lucha contra los espíritus negativos. Restos de la adoración a los árboles, al dios de la vegetación para quemar lo viejo y malo y pueda renacer lo nuevo y bueno: el brote de la nueva cosecha, la reproducción material de la vida. Y todo ello en primavera, la estación más indicada.
En Cartagena salían por la tarde siete carrozas con figuras alusivas a los siete pecados capitales, desembocando el cortejo en la plaza de los Héroes de Cavite donde se procedía a poner fin al Judas. Era el remate festivo de la Semana Santa en la noche del Domingo de Resurrección, tradición recuperada en el año 1989, tras tres décadas olvidada para volverse a perder en 1992. La quema de Judas la podemos ver hoy día en Lorca, en Albudeite o en Yecla, pero en la ciudad del mueble con motivo de las fiestas de la Cruz de mayo y con acompañamiento de bailes, platos típicos y pasacalles. La profesora Paqui Pérez nos comenta que una leyenda yeclana explica el comienzo de los judas allí cuando ahorcaron a un soldado francés de las tropas napoleónicas que violó a una muchacha del lugar.

Quema de Judas que aún se mantiene en Lorca, en una imagen de 2010
En nuestra comarca sí continuó otro ritual como era la rotura contra el suelo de menaje inservible como platos, cazuelas o botijos desportillados. A las diez de la mañana de ese señalado sábado resucitaba Jesucristo entre los alegres repiques de las campanas parroquiales. Los niños golpeaban latas metálicas con palos o simplemente las arrastraban por el suelo, lanzando flores silvestres hacía el cielo al tiempo que gritaban: « ¡Alegría! ¡Alegría! » Hay quien opina que el ruido y la algarabía eran expresión de felicidad por la buena noticia, sin embargo otros autores, como el cartagenero José Ortega, advierten que tanto la arqueología como los cuentos populares indican que la rotura de cántaros contra el suelo es expresión de duelo por una muerte. Ortega nos dice que en las despedidas de soltero de Alemania se efectúa el citado rito para señalar la muerte a la soledad del novio y la apertura a una nueva vida en común.
Quizá me incline a pensar que sea tal vez un acto de exorcismo contra las fuerzas malignas pues como recogen tanto éste investigador de tradiciones, como el antropólogo y psicólogo Lorenzo Hernández, en Águilas lo interpretan como protección del terreno contra la acción maléfica del Diablo. Esto casaría con otro exorcismo llevado a cabo el día de la Encarnación, 25 de marzo, en el Campo de Cartagena así como en otros lugares de la cristiandad. Las mujeres, acompañadas de niños, recorrían los campos limítrofes de la casa o de la población rezando y profiriendo este conjuro: « Huye, huye Satanás/ que en mi parte no tendrás, / que el día de la Encarnación/ cien avemarías recé/ y cien veces me santigüé ». Los chavales al oír la palabra Satanás tenían la indicación de arrojar enérgicamente piedras contra el suelo. Dios está en las alturas y el Maligno abajo, en el infierno. Mi propia abuela Águeda me lo narraba de esta manera, añadiendo que incluso se rezaba por las habitaciones de la vivienda a la vez que se alzaba un crucifijo. Todo es afirmación voluntariosa de lo humano y preservación positiva de la vida ante la desgracia, el caos y la muerte.
Pepe Sánchez Conesa













