Leyendas de la Inquisición en el campo de Cartagena

Varias leyendas relacionan en nuestra comarca a la Inquisición con casonas de campo en historias que son de gran similitud. Estas son algunas de las que han llegado hasta nosotros:

Los vecinos de El Estrecho de Fuente-Álamo y de La Mina poblado este último cercano a El Albujón, me cuentan que la casa de los Padres vivienda del siglo XVIII, ubicada en La Mina y llamada así por haber pertenecido a los Padres de la Orden de San Felipe Neri, fue sede de los inquisidores. Estos, encapuchados y valiéndose de su autoridad, entraban por las noches en las casas de los lugareños para llevarse a las jóvenes doncellas, a las que violaban y luego emparedaban en las paredes de la casa. Algunos refieren haber visto manchas con forma de cuerpo humano, atribuido a un santo o a un cura, mientras que para otros informantes eran las siluetas perfectas de las desdichadas muchachas.

Un vecino de El Albujón asegura la existencia en los sótanos de dicha casona: “de una máquina de cuatro brazos en los que se amarraban los brazos y las piernas y se le daba vueltas a una manivela para que “soltara el trapo”. Es decir que el torturado confesara su delitos, “soltando la lengua”.

La segunda historia se desarrolla en la capilla de la finca de Hoyamorena, cercana a La Puebla, pero perteneciente al término municipal de Torre-Pacheco. Los inquisidores secuestraban a las jóvenes vírgenes de cada casa, sin la oposición de sus padres o hermanos por el miedo terrible que la Inquisición provocaba en la población, y una vez violadas eran emparedadas en la citada capilla. Una anciana de La Palma me contó, en el año 1981, que el edificio frente al templo parroquial del citado pueblo, todavía en pie, fue sede de la Inquisición. Lo que si he probado es su empleo, desde la década de 1640, como granero del Cabildo de la catedral para la recolección de cereales destinados al diezmo eclesiástico. Allí, siempre según su testimonio, las mujeres acusadas de brujería eran atadas de pies y manos y sentadas en una silla, sobre sus cabezas un depósito de agua que goteaba y les perforaba el cerebro. Otro tormento al que eran sometidas consistía en ser arrojadas a una caldera de aceite hirviendo.

Un enclave privilegiado para el desarrollo de leyendas sobre la Santa Inquisición ha sido el monasterio de San Ginés de la Jara. Anteriores pobladores de este enclave, al servicio de la gran explotación agrícola de la finca de San Ginés, nos cuentan lo mismo: Los de la Santa Inquisición salían de casa en casa para apresar a las muchachas, una vez violadas, eran emparedadas vivas en la iglesia.

Se decía que una galería unía el sótano de la iglesia de San Ginés con el pueblo cercano de El Algar y los vecinos del lugar, entre los que se encontraban nuestros informantes, pudieron comprobar como un día sacaron hasta 4 remolques de restos humanos de dicho sótano, atribuidos a víctimas de la Inquisición. Allí mismo fueron torturados hombres y mujeres, pues hace unos 45 años eran visibles diversos artefactos de tortura: guillotina, horca, prensa y “lo de la gota”. Después desaparecieron al ser tabicada la habitación dónde estaban instalados. Sólo creemos que precisa explicación el aparato de la prensa, máquina que servía para comprimir el tórax del desdichado y “lo de la gota”, un receptáculo de ladrillo y argamasa dónde era introducido el torturado de cuerpo entero. Sobre su cabeza y a una cierta distancia se colocaba un depósito de agua con un grifo, del que salía el líquido gota a gota.

Para sus moradores era un lugar maldito: se oían pasos en el huerto en la noche, el sonido de un almirez dentro de una vivienda cuando no se poseía dicho instrumento, en alguna ocasión sillas y platos semovieron en tres casas, los niños enfermaban y los animales padecían el “mal de la tierra”, que consistía en variadas alteraciones como perros que se retorcían en el suelo cual posesos y que posteriormente se levantaban “dando vueltas, como borrachos”, caballos que se volvían locos, gallinas que ponían huevos sin cascarón.

Las losas de la iglesia estaban siempre cubiertas de un “pringue”, que explicaban como posible grasa corporal procedente de los sepultados en el suelo de dicho espacio sagrado. Los vecinos estaban convencidos que un tesoro se hallaba enterrado bajo sus pies, en algún lugar del recinto, quizá en la iglesia, y por ello todos los veranos salía una serpiente en la zona de las vaquerías, reptil que custodiaba el tesoro.

Dos sucesos resultan bastante ilustrativos y conviene singularizarlos. El primero le ocurrió al motorista de la finca, Paco “Azúcar”, cuando a las 4 de la mañana se disponía a poner en marcha el motor de un pozo cuya agua se destinaba a riego agrícola, situado dicho motor en la caseta de la antigua mina de manganeso y blenda:”Iti”. ¿Qué vería Paco que el miedo le hizo correr hasta El Algar? Al día siguiente dejó su trabajo en la explotación agrícola y su residencia en San Ginés para marchar a vivir al Estrecho de San Ginés. Escasa información facilitó a cerca del suceso, trascendiendo al vecindario que percibió una figura arrodillada, de negro, pudiendo ser una vieja.

La segunda situación la sufrió el “tío Miguel”, residente en la caseta de peones camineros, ubicada frente al monasterio, en la ladera del monte. Una noche se oyeron ruidos de cadenas. A la siguiente el “tío Miguel” preguntó al supuesto “espíritu”, pues no veía a persona alguna: “¿De parte de Dios te pido que me digas quién eres y que es lo que quieres?” Una voz le ordenó que lo siguiera y eso hizo, hasta que el cansado Miguel dio la vuelta. Como respuesta a tal desobediencia la voz exclamó: “Me has condenado a unos cuantos años más. Así se te corten los hilos de la vida”. A los dos días fallecía Miguel.

José Sánchez Conesa