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Es difícil establecer fronteras claramente delimitadas entre mito, leyenda y cuento tradicional. Estas narraciones poéticas y simbólicas, que expresan la cultura de un pueblo y una visión del hombre y de la sociedad, tienen la particularidad de que el oyente o receptor se convierte en una nueva ocasión en emisor de las mismas, añadiéndole al relato su propia imaginación, situaciones personales o comunitarias. Hasta incluso su propia incapacidad para recordar. Lo cual le convierte en recreador, por lo que estamos ante un autor colectivo que revisa y actualiza su obra, sus intenciones y sus funciones en el marco social.

Un auténtico patrimonio cultural de la comunidad, tanto como decir su memoria. En definitiva, la percepción que de ellos mismos tienen.

El mito nos habla de los dioses y del principio de las cosas y, por tanto, tiene un sentido cosmogónico. Responden a una necesidad ética y religiosa intensa, proporcionando orientaciones en la vida pues las hazañas de dioses y héroes aparecen como paradigmas de comportamiento para los hombres. Tratan de explicar los orígenes del cosmos, del mundo animal, vegetal; a la vez que aportan un sentido a las experiencias más fuertes que envuelven al ser humano: el origen de la vida, la enfermedad, la muerte, etc. Con el mito de Prometeo se aborda el intento de los hombres de querer ser como los dioses y su caída en desgracia como consecuencia de esa actitud soberbia. Pensemos en el relato épico del héroe asirio Gilgamesh, buscador del secreto de la inmortalidad que estaba en la ingestión de una planta, arrebatada al hombre por el engaño de la serpiente. Esto fue escrito mucho antes que el Génesis, pero guarda estrecha relación con el mito de Adán, Eva, la manzana y la serpiente. Y con muchos otros mitos de pecado original de pueblos extendidos por todo el orbe como los hotentotes, los bosquimanos, los zulúes, etc. Siguiendo a Frazer nos percatamos de ello y de otros muchos mitos como el de la creación del hombre a partir de la arcilla. Así la mitología egipcia explica que Khnoumou, padre de los dioses, formó en su rueda de alfarero a los hombres y los hizo de arcilla.

Concepción similar a griegos, babilonios y a otras etnias extendidas por el planeta como los tahitianos, quienes mantienen una tradición según la cual la primera pareja humana fue creada por Taaroa, dios principal. Primero hizo al hombre de tierra roja, luego lo hizo dormir para extraerle un hueso con el que creó a la mujer. Este material tan débil expresaría la propia debilidad del hombre: “Polvo eres y en polvo te convertirás”.

Continuamos leyendo “El folklore del Antiguo Testamento” de Frazer para descubrir que los karen de Birmania creían que Dios hizo al hombre de tierra y a la mujer de una costilla del hombre. Los indios pima de Arizona, Nortemérica, afirman que el Hacedor creó al hombre y la mujer de arcilla mezclada con el sudor de su cuerpo, a la que sopló para infundirle vida. Los ejemplos son interminables, como todo lo que escribe este historiador y filósofo de las religiones, del que recomendamos su lectura, si es que no se ha hecho ya. Resulta interesante su recorrido por los mitos contenidos en el Antiguo Testamento como el diluvio universal o la torre de Babel (que es el intento de explicación fabulosa que se hace de la diversidad de lenguas en el mundo) y su correspondencia con otros pueblos alejados geográficamente y culturalmente, pero que tienen en común, ante todo, que son humanos y por ello se plantean los mismos interrogantes existenciales.

La leyenda nos habla de datos concretos: unos personajes individuales, un tiempo histórico y un marco local. En esta tendencia a la contextualización late un afán de veracidad cuya función es explicar el origen de algo relacionado con la comunidad en cuestión, los antecedentes de un hecho o un fenómeno extraño o sobresaliente. Aunque algunos autores como Thompson defendieron que la leyenda es una submodalidad del cuento folklórico, tiene como vemos sus propios rasgos.

El cuento comienza con un: “Érase una vez” y concluye con un: “Colorín colorado, este cuanto se ha acabado”. Un tiempo y un lugar indefinidos e indeterminados que le restan veracidad a lo que se cuenta, donde incluso hablan los animales. Por otra parte, como acabamos de leer, tiene el cuento unas fórmulas como son las marcas de apertura y cierre y recursos estilísticos que le son propios. Se nos muestra la evolución sicológica de unos personajes: el paso a la madurez, por ejemplo. Mientras que en la leyenda el argumento está condensado y su relato es más simple. El cuento es más colorista y rico en matices, la leyenda más parca. El cuento nos presenta un modelo de comportamiento a imitar, mientras que la función de la leyenda es explicar fenómenos sobresalientes y sus orígenes o mover a la devoción si es que nos habla de la vida virtuosa y milagrera de un santo o de las hazañas valerosas de un héroe. La leyenda, a diferencia del cuento, no plantea un conflicto y su resolución, sino que reconstruye el recuerdo de algo importante para ese pueblo y nos lo explica.

Hay temas universales que adoptan la forma de un mito, una leyenda o un cuento popular, indistintamente. Por ejemplo el héroe que mata al dragón, presente en infinidad de culturas remotas y distantes. Por lo tanto no nos extrañe que un mito pase a leyenda, de leyenda a cuento o de cuento a leyenda. Y de relato oral a escrito. Pensemos en las “Leyendas” que escribiera Gustavo Adolfo Bécquer, partiendo de leyendas populares de diversos lugares de España pero a las que añadiría el fruto de su romántica imaginación.

José Sánchez Conesa