Casas Encantadas
En Roldán nos comentan Luciano y sus amigos que en las inmediaciones de la finca de “Los Ceballos”, a unos dos kilómetros del pueblo, estaba desalquilada una casa porque:
“Se oían cadenas y se movían los muebles”
En El Estrecho de Fuente-Álamo se ubica Villa Antonia, mansión en la que se llegó a creer que existieron duendes durante una temporada pues se oían las cadenas. Contaban que una mujer que pasaba cerca del lugar cayó de la burra espantada por el ladrido de unos perros de la finca. Murió del golpe y su fantasma se aparecía por la zona. Otra leyenda acerca de la misma vivienda nos cuenta que una persona se ahorcó en ella, hecho totalmente incierto, y que en uno de los cuadros que allí se hallan se refleja su rostro. También se ha dicho que en las cercanías de la casona los mochuelos cantan de otra manera a como lo hacen habitualmente y que las mesas se volcaban y los cuadros caían al suelo sin romperse. Cierto es que se oyeron ruidos extraños y tal es así que vinieron dos guardias civiles a dormir en la casona para comprobarlo, alojándose en un cuarto que desde entonces pasó a denominarse la “caseta de la guardia civil”. Pasaron dos noches y se asustaron, marchándose finalmente sin aclarar nada.
“Hoyamorena” es el nombre de una gran propiedad agrícola situada en las inmediaciones de La Puebla. Una de las leyendas, que la tiene como epicentro, nos refiere la historia de unos novios. Es la leyenda de la mano negra que nos cuenta Josefina López Martínez:
“El estaba muy enamorado de ella y no se si tenía un amigo que le gastó una broma y le dijo:”Tu novia te engaña”. Era mentira. El novio le dijo que no podía ser verdad y entonces por medio de alguien hizo que la muchacha se pusiera un anillo y le volvió a decir que ese anillo era la prueba de la traición porque era un regalo del otro amante. Se puso como loco y no recapacitó, ni nada, la cogió a caballo y se la llevó a su casa de la finca de Hoyamorena. Ella seguramente no sabía por qué la mataba. Al caer al suelo por la puñalada puso su mano llena de sangre sobre la pared, quedando marcada su mano, una marca, esa mano negra que no se podía borrar con nada. Primero pintaron y la mano no desaparecía y luego hicieron una ventana porque así se eliminaba. O incluso tuvieron que tirar la pared, según creo.”
En La Murta hablan Josefa Perellón Garnés, María Guillén Rojo y Carmen Rojo Monreal de la casa del moro y de tesoros:
“Llamada así porque al echarlos se quedó un moro viejo. Allí encontraron una moneda de oro y en la casa de “los Dionisios” se encontraron una tinaja de oro. Y el molino, que está en la rambla, destruido, era de los moros y allí molían el trigo. En la copa de la sierra hay un tesoro, que vinieron de Cartagena con un detector de metales”.
José Sánchez Conesa













