Artículos Flamencos

La Plaza de Alcolea y el Cante

La plaza de Alcolea, llamada también plaza de los Carros, existe desde el siglo XVIII. Se entra a ella por una corta calleja que viene de calle del Carmen y plaza de España y se sale por las de La Palma, la del Salitre y la García Lorca. Federico Casal señala que al hacerse esta plaza en el primer tercio del siglo XVIII a espaldas del Barrio de San Roque, tomó el nombre, que todavía conserva, del vecino Miguel Alcolea que en ella vivía y tenía establecida una aperaduría y taller para la confección de serones, capazos y otros artículos de pleita.

En 1757 rodeaban la plaza unos espaciosos porches en los que se guarecían los transeúntes los días de lluvia o frío, y se utilizaban como lonja de contrataciones de la fruta, verduras y recoba que los hortelanos y labradores del Campo de Cartagena traían a vender en la ciudad. Era por esta circunstancia lugar muy concurrido por comerciantes y mercaderes que allí acudían a verificar sus tratos, que luego eran intervenidos por el Ayuntamiento para cobrar sus arbitrios.

Bajo estos porches se depositaban los carros que venían del campo con mercancías y, por la afluencia de esta clase de vehículos, el pueblo dio en llamar a la plaza de Alcolea plaza de los Carros, nombre con que todavía se le suele conocer. Como los tales porches eran de los propietarios de las casas de la plaza, quisieron éstos cobrar cierto alquiler por cada carro que en ellos se ponía, a lo que se negaron los carreteros y acudieron en son de protesta al Ayuntamiento, reconociendo éste la razón que les asistía. A partir de 1764 fueron quitándose los porches hasta su completa desaparición.

Conexión con la calle de Canales

Isidoro Valverde al referirse en su “Cartagena entrañable” a la plaza de los Carros o de Alcolea y su Posada de la Victoria, dice: “El vecino Miguel Alcolea, que vendía aperos y trabajaba el esparto a principios del siglo XVIII, dio nombre a esta plaza. Plaza con porches, fue lonja de contratación y punto de reunión de traficantes y mercaderes. A mí me hubiera gustado echar un pitillo liado a mano y dialogar un rato con este Miguel Alcolea. Y me hubiera gustado hacerlo sin prisas, en una apacible tarde de verano de un día en que no hubiera mercado. Miguel me habría contado –estoy seguro- cosas de la picaresca de mi tierra y muchas socarronerías de nuestros hombres del campo, mientras sus manos trabajaban despaciosa y perezosamente, a lo cartagenero, una estera, un capazo o un serón de pleita…

La conexión de la plaza de Alcolea con la calle de Canales hay que buscarla a través del cante, concretamente de la cartagenera que nació allí, como pone de relieve también Isidoro Valverde, cuya opinión es recogida por Juan Ruipérez Vera en su libro “Historia de los cantes de Cartagena y La Unión”. Su nacimiento como cante que puede llamarse flamenco se produce a mediados del siglo XIX quedando perfeccionada su estructura en el año 1880. Cantaron bien la cartagenera dos mujeres: una de Cartagena, Concha la Peñaranda; y otra de La Unión, Emilia Benitola Satisfecha”. La cartagenera pura y auténtica se forjó, a finales del siglo XIX, en una taberna de nuestra calle de Canales donde se reunían a cantar, cuando daban de mano de sus faenas cotidianas, el Rojo el Alpargatero –artífice de estos cantes-, Enrique el de los Vidales, Paco el Herrero, Chilares, el Pajarito,Juan el Albañil, todos cartageneros, y Pedro el Morato, almeriense con querencia a Cartagena.

Hay que señalar que en cuanto a la cartagenera de origen, del Rojo, padre, nació también en Cartagena y el ambiente que la vio crecer fue el que se vivía en la posada del Rojo, en el Arco Callejón de la calle de Canales, en el casco antiguo de Cartagena, lugar donde se reunían arrieros y tratantes después de largas jornadas de trabajo. Evocando aquel tiempo –como recoge Ruipérez Vera- en Cartagena sigue existiendo un rincón urbano entrañable, formando replaceta, cuyo nombre responde a plaza de Alcolea. A este emplazamiento, incrustado en el tipismo cartagenero, los nativos lo siguen llamando cariñosamente plaza de los Carros, encontrándose muy cerca de ella la calle Huerto del Carmen, lugar donde quedaba ubicada la posada del Rojo el Alpargatero. Los clientes de la posada, cuando dejaban a buen recaudo sus carromatos y tartanas en la plaza, para llegar al establecimiento del Rojo hacían un corto recorrido a pie al encontrarse la taberna relativamente cerca. Hoy, al igual que ayer, sin que haya cambiado en demasía el paisaje urbano de la ciudad, lo que antaño fue un arrabal, la comunicación entre la plaza de los Carros y el Huerto del Carmen. Sigue haciéndose cruzando por la calle de La Palma, en la que nació la académica Carmen Conde.

Pérez Rojas, en su “Cartagena 1874-1936 (Transformación urbana y arquitectura)”, se refiere a la plaza de Alcolea escribiendo: “Al Norte, cerca de las puertas de Madrid estaba la plaza de Alcolea, conocida también por la de “los carros”, que estuvo porticada hasta 1764. Fue un lugar de transacción, mercado de frutas y verduras. Allí, por tanto, acudiría la población campesina a intercambiar con la urbana. En 1898 la plaza estaba sin urbanizar y los vecinos se quejaban de que los días de lluvia era imposible el tránsito.

La plaza de Alcolea fue un importante centro comercial de la Cartagena de finales del XVIII y el XIX, a cuyo final se comenzó a urbanizar. Pero ya antes había recogido en su recinto la presencia puntual de los hombres del Campo de Cartagena, luchadores empedernidos ante las deficiencias de agua para sus regadíos, hombres curtidos que vivían con la insegura esperanza de las lluvias para fertilizar sus tierras, las cuales, en muchas ocasiones, se afligían por la presencia de persistentes aguas caídas del cielo después de noches estrelladas y días calurosos. Y es que Cartagena y su Campo han vivido tradicionalmente esa paradoja de estar luchando unas veces contra la sequía y otras contra las inundaciones.

Los agricultores y ganaderos encontraban en la plaza de Alcolea su punto de cita tanto para sus negocios como para desahogar sus penas. Era punto neurálgico, como después lo sería, ya a mediados del siglo XX, la calle Mayor, con el “Mastia” –casi en la esquina de la plaza de San Sebastián- o el “Gran Bar”, frente a la entrada de la iglesia castrense de Santo Domingo, como puntos de encuentro. Después, con el transcurso del tiempo, tanto la plaza de Alcolea como la calle Mayor perdieron esa acusada característica, aunque la calle Mayor conserve todavía algo de esa característica, pese a que perdió su peculiar nota de entrevistas agrícolas en beneficio de la aparición de bancos y entidades de ahorro que han reducido notablemente la existencia de bares y restaurantes, aunque siga conservando su leyenda viva de ser la arteria típica para el paseo hacia el puerto.

Una reminiscencia de lo que fuera la antigua plaza de Alcolea y de la presencia de nuestras gentes del campo, fue el llamado Banco de Mercader, que no era un banco financiero sino un lugar para dotar de herraduras a las caballerías. Estuvo en la salida de la plaza de Alcolea hacia la de España, haciendo esquina con la misma. También desapareció, como algunos otros lugares de la plaza que fue revitalizada en sus típicas fachadas, instalándose algún bar, un monumento al escultor Ardil, padre, y proporcionándole un aire simpático y acogedor. Podría transformarse en una recoleta plaza apta para reuniones –aunque no fueran agrarias- y en la que asimismo podría estar presente el espíritu de Miguel Alcolea para “echar unas palabras” con el de Isidoro Valverde. Tampoco estorbarían, ni mucho menos, en la tertulia los del Rojo el Alpargatero, Enrique el de los Vidales, Chilares, Paco el Herrero, el Pajarito y Juan el Albañil con el apoyo del almeriense Pedro el Morato. Seguro que resucitarían la “cartagenera” sin tener que ir a La Unión. La plaza de Alcolea, en su abrazo con la calle de Canales, puede presumir de que también puede ser galardonada con la distinción otorgada al Flamenco.

José Monerri, cronista oficial de Cartagena.