Todo para el populacho pero nada para el pueblo
Luís XV en Francia o Carlos III en España –entre otros– , resumían las monarquías absolutas acuñando aquella famosa frase –del despotismo ilustrado– "todo para el pueblo pero sin el pueblo". El Antiguo Régimen quedo atrás, pero dos siglos más tarde, vuelve a aparecer su esencia –si es que algún día desapareció– pero teñida de rojo por una democracia encubierta en la mayor de las dictaduras. Este resurgimiento del control político sobre el ciudadano es hoy, por añadidura, más despótico que nunca lo haya sido. La casta política ha conseguido enmascarar los derechos y libertades recogidos en la Constitución del 78, transformarlos, e incluso crear otros que ni son derechos ni pueden existir como tal. Me refiero a supuestos derechos como el derecho al aborto, derecho a una muerte digna, derechos de los homosexuales. Hemos pasado de penalizarlos a halagarlos e incluso elevarlos a la categoría de derechos. El problema es que aquí los derechos puede ser cualquier cosa, tan solo han de mezclarse entre la multitud y ser repetirdos hasta la saciedad. Por el contrario, si no los reconoces, automáticamente quedas incluido en el grupo de los anticuados o te colocan la fácil etiqueta de facha, ¡qué disparate! Lo han intentado, lo están consiguiendo y de hecho creo que ya es una realidad. Son nuevos derechos, pero donde están los derechos de verdad, los auténticos, como son el derecho a la vida o la libertad religiosa entre otros.
La Corona ha quedado ensombrecida por unos partidos políticos que hacen que la Jefatura del Estado se debilite quedándose limitada a la diplomacia o estampar una simple firma. Pedir o exigir a la Monarquía que llame la atención al Gobierno, a las distintas Administraciones Públicas o a quienes en un momento dado sean merecedores de ello, puede sonar a disparate, pero no lo es. Puesto que, un Jefe de Estado –por jerarquía, la persona más importante de España– ha de tener potestad y la libertad suficiente para ejercer su derecho en temas cruciales de estado como el 11–M, la defensa del castellano, el Plan Hidrológico Nacional, el Estatuto de Cataluña y muchos otros que sin duda afectan al sentir de los españoles y a la unión del Reino de España a quien representa.
¿Quién es el populacho?, se preguntará el lector. Pues muy sencillo, aquella clase popular baja y en ocasiones no tan baja, convertida en aduladores del gobierno y que son residuos de aquello que llaman el Estado Social y Democrático de Derecho. Donde los que no hacen nadan tienen los mismos derechos y el mismo trato que un buen padre de familia, por poner algún ejemplo. Pero eso sí, esta gente come, duerme, sale de fiesta, fuman a diario, se mete en las redes sociales, juegan a las cartas, a la consola, ven la tele, bajan a la calle a diario, se tumban en el sofá e incluso encienden el aire acondicionado durante todo el verano. Ese es el populacho aquel que no hace nada para el bienestar del país y están aquí convertidos en iguales e incluso en superiores. Si ellos no hacen nada ¿cómo se mantienen? Pues muy sencillo: viviendo de los demás.¿Y quién son los demás? El pueblo, que no el populacho, es decir los que trabajan o han trabajado –digo han trabajado, porque esto no va referido a los pensionistas o parados que un día trabajaron y hoy ya no trabajan– por y para levantar país, aquellos que pagan más impuestos que nadie, aquellos que mantienen al resto. En España y en otros países siempre es observado el número de parados como dato relevante, es bien sabido que en España es altísimo. Yo prefiero en este artículo observar un dato que me parece más alarmante y cuando poco más significativo. Es el de la población ocupada respecto de la población total. En España, somos alrededor de 47 millones de habitantes, de los cuales, sólo trabajan, están ocupados, 18 millones y de estos 18, casi 3 millones son funcionarios o autoridades públicas. En consecuencia, se obtiene que tan sólo 15 millones, es decir el 31% mantienen al total de la población y de estos, algunos de ellos son titiriteros o gentes del sistema o que se deben a él directa, indirectamente o circunstancialmente. ¿Cómo va a ser productiva España? Es imposible, si aquí nadie hace nada y los que hacen están asfixiados o se han llevado sus fortunas a otros lugares donde puedan descansar más tranquilas. Parece chocante que un tercio de la población esté manteniendo a todo el país. Este pueblo, estas gentes, estos currantes de sol a sol, se han convertido en los grandes héroes de un sistema de bienestar que si no fuese por ellos estaría anclados en la mayor depresión que hayamos vivido en mucho tiempo. Van mal las cosas y peor que se van a poner como todo esto no cambie. Las víctimas necesitan su reconocimiento – les llamo víctimas por que son los que trabajan por el bien de la comunidad mientras otros pasean– y no ser ahogadas con una carga tributaria excesiva y un régimen sancionador disparatado. Se ha de fomentar la iniciativa privada y de libre mercado, dar créditos a las empresas y no ver en el empresario un ogro que explota al patrón. Las empresas no quieren explotar a nadie, quieren trabajar a gusto y no sólo atesorarse sino crear riqueza para ellos y para el conjunto del país. Así debería funcionar un país: todo para el pueblo pero con el pueblo.













