El pensamiento de Ortega en la actualidad

Decía el genial Ortega y Gasset en La rebelión de las masas que la vida es decisión; que “ni un sólo instante se deja descansar a nuestra actividad de decisión. Inclusive cuando desesperados nos abandonamos a lo que quiera venir, hemos decidido no decidir”. Sin duda alguna, el filósofo ponía, resueltamente, el dedo en la llaga sobre un asunto nada baladí. Porque decidir, en definitiva, no es otra cosa que escoger, en un momento dado, la opción que más nos conviene entre un abanico de posibilidades. Y ahí reside la responsabilidad, en no errar cuando elegimos.

Lo demás, o sea, lo que excede a nuestro ámbito puramente decisorio, son —y discúlpenme— paparruchas, subterfugios, tupidas cortinas de humo que nos impiden observar la realidad tal y como se manifiesta. Con lo cual, querido lector, si le apetece viajar a las Bahamas, realizar un máster en Alemania, con el objetivo de complementar unos conocimientos previamente adquiridos en su titulación, o dejar plantada en el altar a su pareja el día del enlace, suya es la responsabilidad. Y en ningún caso la sería de sus padres, hermanos, pareja, colegas de la facultad o del trabajo. Pues, como dijo Sartre, “estamos condenados a ser libres”.


José Ortega y Gasset

Sin embargo, quienes no disponen del valor suficiente para lidiar, con mejor o peor fortuna, al imprevisible toro de la vida (gracias, ministra Narbona, por poner de moda la metáfora taurina), decidiendo no decidir nada, caen, según el propio Ortega, en un “envilecimiento, encanallamiento, (que) no es otra cosa que el modo de vida que le queda al que se ha negado a ser el que tiene que ser”. Porque “su auténtico ser no muere por eso, sino que se convierte en sombra acusadora, en fantasma, que le hace sentir constantemente la inferioridad de la existencia que lleva respecto a la que tenía que llevar”. De manera que “el envilecido es el suicida superviviente”.

En todo caso, de suicidas supervivientes sabemos un rato en una sociedad como la nuestra, en donde a menudo se confunde la opulencia económica —que comenzó a darse en España a partir de los sesenta— con el bienestar espiritual.

No han sido pocos los amigos que en alguna ocasión me han confesado sentirse frustrados por no haber continuado con sus estudios en el debido momento. Y ese error, en concreto, podría solventarse, porque para estudiar siempre se está a tiempo, pero existen otros trenes que sólo pasan una vez en la vida. Y por esta razón, como por tantas otras que escapan a este artículo, el pensamiento de Ortega sigue vigente en la actualidad.

Francisco Javier Torá Jiménez