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Las extintas azafatas cañon y el temible "low coast"

A mediados de enero viajé con mi familia a Londres. El transporte elegido fue el aéreo, vía Aeropuerto de Alicante. La compañía aérea, una de esas llamada de “low coast”, esto es, “all full”, en lenguaje caní: “una ful de Estambul”. En eso ninguna de las compañías barato-patateras defrauda, cuando uno se embute en el asiento descubre ipso facto porqué el vuelo es de los denominados económicos: todo es de baratija, empezando por nosotros los pasajeros, a los que las normas de equipaje de la compañía aérea nos transmuta –cuando no lo fuéramos ya de serie- en personajillos cutre-salchiceros y ruines. Con tal de no facturar hacemos el eufemístico “equipaje de mano” como si envasáramos al vacío un solomillo de buey.

Somos capaces de revolver en medio de la terminal del aeropuerto la maleta a facturar porque nos sobra un kilito (ese “kilito de más” motivo innato de queja del género humano, particularmente el occidental), entonces nos importa un huevo tanta protección de la intimidad personal: los gayumbos y las braguitas desfilan de una maleta a otra, al igual que las zapatillas desgastadas, los “taconazos”, la ropa sucia y un sinfín de antiguas intimidades que los curiosos presentes arrebatan de significado.

Corremos hacia la puerta de embarque porque los asientos no son numerados. Nos fastidia que nuestro hijo de 9 años no aparente tener ahora 4 para aprovecharnos del menor y conseguir entrar antes en el artefacto.

Pero una vez en el avión también nos cercioramos que allí también todo es de baratija. Nada más entrar uno descubre que las castizamente conocidas como azafatas, antaño unas tías macizas, son una especie en vías de extinción. Las “loucost” las están sustituyendo por una especie de híbrido azafato-mariconcete bien con peinado moderno, bien con una barbita rala que indica “entiendo, pero todavía me sale pelo”. Otras veces el tipo parece un insulso vendedor, que lo mismo te endilga un perfume glamouroso presuntamente más barato por comprarlo a bordo, que igual te lo imaginas en el Camp Nou vendiendo pipas, palomitas y cerveza durante un partido de fútbol (que, paradojas, dentro del estadio te salen como si las hubieras comprado de extraperlo).

Eso sí, siempre están encantados de tenerte a bordo y les entristece mogollón que el viaje termine; por eso te manifiestan su deseo y ansia porque pronto vuelvas a volar con ellos en plan anchoa. Presumo que nos huelen, nos lo ven en la cara ó en los atuendos que nos colocamos para montarnos en el avión, como si se tratara de un tren de carbonilla, y piensan “este pedazo de mamón, por ahorrarse unos euritos, es carnaza del loucost. Fijo que vuelve”.

Y esto es lo que hay para el turista tiñalpa como yo: si quieres volar barato, olvídate de las azafatas cañon, de esas tías que salen en la serie “Pan-am” con estética de los años 60 y cuerpos de los 2000. Esas curvas, esos rostros surcados únicamente por una sonrisa, son un recuerdo en las pocas azafatas loucost que quedan: muchas entradas en años, más pendientes de los que les va a quedar cuando se jubilen que del pasaje; algunas con unos pedazo de carrerones en las medias o con “piel tipo melocotón” que le quitan a uno el ensueño de rozar, cuando no restregar, partes de nuestro cuerpo por esa antaño tersa piel de muslamen ajustada por el nylon.

Sé lo que estás pensando, amable lector, que estoy enfermo, que con lo sátiro que parezco, si quiero ver “macizas” que pague el billete en un vuelo regular de Iberia, American Airlines o de la British. No te quito la razón, porque no te falta un ápice de ella. Pero la crisis me ha vuelto miserable y melindroso, y me frena cuando pienso que el gasto no merezca la pena porque el nuevo “canon” de azafata sea eso: un tío con barba o pelitos depilados a lo Cristiano Ronalda, que me mire y me sonría lánguidamente pensando en cómo abrirme el……. “maletero”. VALE.

Miguel Fernandez

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