Desinstalando PSOE del gobierno
Lo más destacable de la jornada de ayer, al margen de la ignominiosa presencia etarra en el Parlamento bajo la marca electoral Amaiur, no fue la aplastante victoria del PP, con 186 escaños (sólo tres más de los que cosechó Aznar hace once años), sino la huillante derrota de un PSOE zapalcabiano que se queda ocho escaños por debajo de sus peores resultados obtenidos en 1977. Es decir, con 110 escaños. Si será tremendo el varapalo, que incluso Almunia pudo presentar ante su electorado unos resultados más decorosos (125) en el año 2000. Lo que no impidió que presentara su dimisión aquella noche.

Mucho ha llovido desde entonces. Y Rajoy se presentaba a las elecciones en 2004 con unos credenciales basados en una política económica responsable y eficiente articulada por su predecesor. Pero entonces se produjeron los atentados del 11-M, donde 191 personas fueron asesinadas brutalmente. Y la izquierda ex pañola, llevada en volandas por Zapatero y los chicos de Ferraz, observó en la masacre una excelente oportunidad para plasmar en la calle una movilización, que había sido convenientemente ensayada el año anterior con motivo de los comicios autonómicos y de la Guerra de Irak. Una guerra, a la que, al menos, bajo mandato aznarista nunca asistimos, pero que la izquierda utilizó de forma artera y miserable para erosionar políticamente al Ejecutivo. En las elecciones, naturalmente, arrolló el PP. No obstante, la izquierda había conseguido crear a medio plazo un caldo de cultivo en la sociedad española basado en el odio y el resentimiento. El nivel de crispación aumentó hasta límites insoportables, sobre todo en determinados círculos como en el caso de las universidades. Por lo que cuando el terrorismo golpeó con saña el corazón de Madrid, ya existían unas huestes socialistas dispuestas a todo con tal de llegar al poder, o evitar que el PP lo hiciera. Con la ayuda inestimable de la SER, que se cubrió de gloria inventando la presencia de un terrorista suicida, rasurado y con doble capa de calzoncillos en uno de los trenes, el PSOE pudo remontar el vuelo en unas elecciones que tenía perdidas de antemano.
El guión de asalto al poder fue ejecutado milimétricamente. Y a la burda manipulación mediática llevada acabo por PRISA, siguieron la violación por parte de Rubalcaba de la jornada de reflexión (“España no se merece un Gobierno que miente”) y el cerco a las sedes del PP en distintas ciudades de la geografía española. Algunos, como en el caso de Gemma Nierga, incluso conocieron el amor entre berrido va y berrido viene.
La escuálida mayoría obtenida en las urnas por el PSOE, en tan excepcionales circunstancias, fue utilizada por Zapatero para desmantelar el Estado durante los cuatro años siguientes con la oposición del PP y de unos pocos medios de comunicación. España, que para ZP no es más que un “concepto discutido y discutible”, pasó de aliarse con naciones respetables como EE.UU, a hacerlo con otras absolutamente corrompidas como las lideradas por Chávez, en Venezuela, o por Evo Morales, en Bolivia. Tanto la Educación para la Ciudadanía, como la Ley de Memoria Histórica, dejan muy a las claras el empeño protagonizado por el PSOE en no poner freno a la pedagogía del odio, en acometer una ingeniería social basada en una sistemática manipulación de la realidad histórica y actual que le proporcione un reducto de aborregados votantes a perpetuidad. Si algo positivo cabe extraer de la crisis económica es que dicho proyecto quedó inacabado.
Una crisis, que por cierto, el PSOE tardaría varios meses en reconocer, tildando al mismo tiempo de antipatriotas a quienes no osaban comulgar con sus ruedas de molino. De nada sirvieron las advertencias realizadas por Manolo Pizarro en su debate mantenido con Pedro Solbes (“Hablar de crisis, en estos momentos, resulta enormemente exagerado”) en 2008, pues una sociedad escasamente informada y anestesiada por la telebasura concedió la mayoría para formar Gobierno a un Zapatero embustero y venido a más.
Durante estos tres últimos años, España se ha visto sacudida por una crisis brutal, que ha afectado a miles de familias. Cinco millones de desempleados así lo prueban. Dos han sido las instituciones que, sin embargo, se han mostrado a la altura de tan hostiles circunstancias: la familia, refugio natural del español medio, y la Iglesia, con su impagable labor realizada en los comedores sociales.
El Gobierno, por su parte, ha limitado sus atribuciones a pactar con terroristas, reunirse con empresarios poco recomendables en gasolineras o, en el caso del presidente del Congreso, a incrementar su ya de por sí abultado patrimonio inmobiliario. Así las gastan los socialistas cuando catan el poder.
Ante adversario tan inútil, torpe y, en definitiva, manirroto, el PP rajoyesco ha aguardado el último año esperando a que el poder regresara a sus manos con la misma naturalidad que la fruta madura cae del árbol. Sin prisas ni complicaciones. Lo que, tal vez, no le ha beneficiado a la hora de captar nuevos votantes, pero que, en cambio, ha propiciado la desmovilización de las bases del partido adversario.
Rajoy, como resulta previsible, se centrará durante la próxima legislatura en la economía, tratando de enderezar el rumbo de este desnortado país. Ello no debería excusarle, sin embargo, del incumplimiento de otras obligaciones, tales como la despolitización de la Justicia, reformar la Ley Electoral, mostrarse implacable con la corrupción, ilegalizar Amaiur, o la investigación del 11-M. Aunque no me hago demasiadas ilusiones al respecto. Por de pronto, me limito a celebrar la contundente derrota sufrida por el PSOE en las urnas, como tantos otros millones de españoles. Por ellos va este artículo.
Javier Torá Jimenez
Comentarios
No existen comentarios para mostrar.













