En la cárcel y sin miedo
El primer viernes de este mes de marzo, trece compañeros de la Escuela de Prácticas Jurídicas de Cartagena y yo, tuvimos el privilegio de adentrarnos en la prisión de Sangonera. Pero no de cualquier forma, sino guiados por el Director del centro penitenciario de Murcia, D. Francisco A. Marín Ferrer, por el Vicedecano y gran penalista del Ilustre Colegio de Abogados de Cartagena, Juan Francisco Pérez-Avilés, y por algún que otro funcionario de dicha cárcel.
Quiero comentaros que en aquél penal, pero sobre todo en el módulo 1, ahora conocido como el "módulo de respeto" – por cierto, aprovecho para decir, que no existe respeto sin autoridad – he apreciado más educación y cortesía que en otros lugares de la Región.
- Buenas tardes, buenas tardes – repetían los presos al pasar junto a ellos, mientras pegaban sus espaldas a la pared.
- ¿Quieren un café talegero? – decía el prisionero-camarero en la cantina que daba al patio interior.
- Son a diecisiete céntimos.
Entre los muchos rincones que hay en "la cárcel de los murcianos", podemos destacar, entre otros, la sala de yoga, la de ordenadores, el gimnasio, la pista de fútbol sala, la cocina, la peluquería, el economato y el preciado patio. En éste último, aunque parezca asombrante, no había nadie; sin embargo, no sabemos si era motivado por la inapetencia o porque preferían dedicarse a otros quehaceres de mayor utilidad. Respecto a las celdas de los presos, a los que llaman chavolos, en mi opinión son demasiado pequeñas como para encerrar a tres personas, pero supongo que éste será el precio a pagar por los delitos cometidos. También llama la atención que el retrete no disponga de tapadera, lo que le da un aspecto aún más denigrante si cabe.
Lo más preocupante de todo, es que alrededor del 80% de los presos son preventivos – en cuanto a su situación procesal se refiere –, lo que supone estar encerrado hasta el juicio definitivo. Y esto, en mi opinión, creo que es demasiado injusto. Por tanto, conviene recordar desde aquí, a los jueces instructores, que quizá están utilizando esta medida extrema con excesiva "generosidad". No hay nada más triste y angustioso que estar en situación de preventivo, puesto que esa incertidumbre hunde al perjudicado y por extensión, a sus familiares y amigos, haciendo, además, que el letrado defensor sienta verdadera impotencia ante la situación de su cliente.
Abandonando un poco el plano jurídico y adentrándonos algo más en el anecdótico, os contaré algo curioso. Si les dijera que dos presos desenfundaron sus guitarras españolas, se subieron al escenario y nos tocaron dos temas flamencos como son, el Concierto de Aranjuez y Entre dos aguas, ¿me creerían? Pues sí, háganlo. Por primera vez he podio comprender que, aquel fin tan extravagante del derecho penal y tan pocas veces alcanzado, como es la reinserción social de los presos, se puede conseguir. Yo diría que no hay mejor solución para socializar a una persona, que allanarle el camino hacía la libertad, preparándole todo tipo de prácticas, cursos y eventos oportunos para que tengan más facilidad y oportunidades a la hora de incorporarse a la vida cívica. Pero de esto ya sabía mucho su gran director Paco, que por cierto, el pasado martes abandonó esta "cárcel terrenal" en la que vivimos todos los mortales, para abrazarse a la libertad del Reino de los Cielos. Esperamos que su sucesor en el cargo sepa confiar en el hombre tanto como lo hizo su antecesor. Mi más sentido pésame para uno y mis mejores deseos para otro.
Para cerrar, tan sólo contaros una cosa a título personal. Antes de irme, le pregunté a un chaval que llevaba allí trece meses como preventivo:
- Dime la verdad ¿Cómo estas?
Con sonrisa de complicidad, me contestó:
- En la cárcel, pero muy bien, créeme.
Lo miré y, simplemente, añadí:
- De aquí se sale.
Por hacer un símil, y permítanmelo por favor, diré que aquello, más que una cárcel, parecía una comuna de fervientes trabajadores. En mi sano juicio, me voy con la buena sensación de que ese módulo no es otra cosa que un gran cuerpo vivo de personas, que gozan de pequeñas pinceladas de libertad, a pesar de las circunstancias.
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