2 de Mayo: el día de los Heróes
El periodismo crítico, ético y acrisoladamente democrático de Antonio Herrero, muerto un dos de mayo mientras practicaba submarinismo, guarda cierto parecido con la actitud heroica de los madrileños muriendo por centenares contra el ejército invasor francés un dos de mayo de 1808. Antonio siempre vivió enfrentado al poder, llamárase González o Aznar. El pueblo madrileño nunca dejó de defender su independencia aun por las cosas aparentemente más absurdas o banales. Cuando el ministro de Carlos III, Esquilache, ordenó recortar las capas y sombreros para evitar el ocultamiento del delincuente en el momento de cometer el robo, los madrileños no se atuvieron a razones y dieron una buena tunda a las autoridades públicas llegando a asaltar incluso el palacete del malhadado ministro. Tanta inquina llegaron a manifestarle nuestros vecinos de la capital al político italiano que Carlos III le obligó a exiliarse fuera de España pasando a ser embajador en Venecia. Esto es sólo un botón de muestra pero existen muchos más.
La nación española, como tal, no se formó, en contra de lo que se viene sosteniendo desde hace tiempo, durante la Guerra de la Independencia (1808-1814). Viene de mucho antes. Lo que se puso de manifiesto en 1808 fue la profunda convicción de los españoles de defender su soberanía, a capa y espada, para de esa manera disponer de la capacidad de decidir por quiénes deseaban ser gobernados. Y a tenor del recibimiento que otorgaron a las tropas napoleónicas, los hombres navaja en mano, las mozas lanzando desde los balcones de sus viviendas macetas y aceite hirviendo, no debieron mostrarse especialmente entusiasmados en que una dinastía foránea arribara para apropiarse de las riendas de su nación. No obstante, lo que mejora y llena de coherencia el sentido de la guerra al francés es el proyecto liberal que inmediatamente se puso en marcha en 1808 y que alcanzaría su apogeo cuatro años después. Aquél que tenía en cuenta a los españoles de ambos hemisferios concediéndoles un trato igualitario. Aquél cuyo ideario se resume, básicamente, afirmando que la nación “no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona”. El liberalismo que concibe a la nación como el agregado de ciudadanos libres e independientes.
Conviene tener esto muy presente, si no se quiere caer víctima de la intoxicación impulsada por el Gobierno y sus huestes mediáticas que ìntentan presentar a los invasores como nuestros particulares liberadores del yugo absolutista Borbón. Nada más alejado de la realidad histórica. Los franceses no vinieron a España a exportar una libertad de la cual carecían. El mismo Napoleón había accedido al poder en Francia por medio de un golpe de Estado en 1799. Ergo, los gabachos lejos de fomentar la modernización de nuestro país lo sembraron de muerte y destrucción. Los soldados napoleónicos violaron, mataron, robaron e incendiaron iglesias. Que se dice pronto. Y, desde luego, se pongan como se pongan tanto la hirsuta viceministra, De la Vega, como el marxista recalcitrante, Antonio Gala, los colaboracionistas con el poder invasor, muy elocuentemente conocidos como afrancesados, se hubiesen mostrado, en palabras del sobrevalorado cantautor catalán, muy capaces de vender a sus respectivas madres por un modesto cartón de vino.De hecho, lo hicieron. Por suerte la gran mayoría de los españoles se desmarcó de tan felona actitud.
Francisco Javier Torá Jiménez













